LA CAMISETA DE CRISTO
Cada
vez que bautizo me acuerdo. Hace muchos años escuché a un cura viejo que en el
momento de imponer la vestidura blanca al niño o niña que era bautizado, le
decía a la familia que por el bautismo empezábamos a jugar en el equipo de
Cristo y que por eso se nos daba la camiseta de Cristo. La camiseta blanca de
la pureza y el amor.
Digo
que cada vez que bautizo, me acuerdo de la imagen y se lo suelo decir a las
familias. Más ahora en tiempos de frenesí mundialista. Keylas, Nailas, Ayelenes,
Thiagos, Lautaros (esos son los nombres ahora) y también Juan Bautista, Sofía,
María. Los bautizo y les digo que esa camiseta blanca de Cristo es para devolver
blanca, pero transpirada. Que lo que importa en este partido de la vida es
haber puesto todo, haberlo dejado todo en la cancha para que gane el equipo. En
este partido se valora más el meter de corazón que la técnica.
¿Qué a
fuerza de meter y meter se nos ensucia la camiseta? No importa es mejor sucia
que planchadita y perfumada por falta de uso. Si se mancha ya se podrá ir
lavando, remendando, hay remedios para eso (uno de ellos es el Perdón). Pero lo
“imperdonable” es que esa camiseta quede
doblada en un placard.
Cuando
voy a ungir a los Kevin o a las Milagros pienso –casi como una plegaria-: ojalá
tus padres y padrinos te guíen por el camino correcto; que te enseñen a poner
todo en la cancha, a no reservarte nada aún en medio de las dificultades, las
enormes privaciones, y a veces las desdichas. Que te enseñen a no ser un “pecho
frío” de esos que se reservan vaya a saber para cuándo; que te hagan saber que
con esa camiseta se juega en equipo y que importan todos, que no hay jugadores
prescindibles.
Suelo
decirles también a los padres y padrinos, que ya sabemos que el partido no
siempre es justo, que nunca faltan los que pegan de atrás, los que no dejan
jugar y hasta algún árbitro bombero, pero que hay que meter y seguir; hay que
luchar (con entusiasmo e inteligencia) por cambiar las injusticias, pero
poniendo, con nobleza, que al final el mejor premio es la camiseta transpirada
por haberlo dado todo.
También
les suelo decir que todos jugamos el partido y cada uno debe elegir su equipo.
Los colores están claros. No hay grises (aunque este color tenga una hinchada
enorme).
Comprendo
que algunos lectores de estas líneas puedan no compartir mi fe en Cristo. Los
caminos de la vida son diversos, también los caminos de la fe. De todos modos –no
lo duden- todos (creyentes y no creyentes) tienen una tienen camiseta puesta:
ojalá la camiseta de la integridad personal y del amor, la camiseta del
esfuerzo y el trabajo, de la honestidad de conciencia.
De
todos modos, al final, cuando festejemos (porque vamos a ganar, no quepan dudas),
estoy seguro de que más allá de las heridas del juego, los raspones, los
lamparones en las fibras más hondas del alma por haber visitado el suelo más de
una vez, a todos se nos va a distinguir por el glorioso color de la camiseta.
Rafael Velasco, sj
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