martes, 22 de julio de 2014

la camiseta de Cristo

LA CAMISETA DE CRISTO
Cada vez que bautizo me acuerdo. Hace muchos años escuché a un cura viejo que en el momento de imponer la vestidura blanca al niño o niña que era bautizado, le decía a la familia que por el bautismo empezábamos a jugar en el equipo de Cristo y que por eso se nos daba la camiseta de Cristo. La camiseta blanca de la pureza y el amor.
Digo que cada vez que bautizo, me acuerdo de la imagen y se lo suelo decir a las familias. Más ahora en tiempos de frenesí mundialista. Keylas, Nailas, Ayelenes, Thiagos, Lautaros (esos son los nombres ahora) y también Juan Bautista, Sofía, María. Los bautizo y les digo que esa camiseta blanca de Cristo es para devolver blanca, pero transpirada. Que lo que importa en este partido de la vida es haber puesto todo, haberlo dejado todo en la cancha para que gane el equipo. En este partido se valora más el meter de corazón que la técnica.
¿Qué a fuerza de meter y meter se nos ensucia la camiseta? No importa es mejor sucia que planchadita y perfumada por falta de uso. Si se mancha ya se podrá ir lavando, remendando, hay remedios para eso (uno de ellos es el Perdón). Pero lo “imperdonable”  es que esa camiseta quede doblada en un placard.
Cuando voy a ungir a los Kevin o a las Milagros pienso –casi como una plegaria-: ojalá tus padres y padrinos te guíen por el camino correcto; que te enseñen a poner todo en la cancha, a no reservarte nada aún en medio de las dificultades, las enormes privaciones, y a veces las desdichas. Que te enseñen a no ser un “pecho frío” de esos que se reservan vaya a saber para cuándo; que te hagan saber que con esa camiseta se juega en equipo y que importan todos, que no hay jugadores prescindibles.
Suelo decirles también a los padres y padrinos, que ya sabemos que el partido no siempre es justo, que nunca faltan los que pegan de atrás, los que no dejan jugar y hasta algún árbitro bombero, pero que hay que meter y seguir; hay que luchar (con entusiasmo e inteligencia) por cambiar las injusticias, pero poniendo, con nobleza, que al final el mejor premio es la camiseta transpirada por haberlo dado todo.
También les suelo decir que todos jugamos el partido y cada uno debe elegir su equipo. Los colores están claros. No hay grises (aunque este color tenga una hinchada enorme).
Comprendo que algunos lectores de estas líneas puedan no compartir mi fe en Cristo. Los caminos de la vida son diversos, también los caminos de la fe. De todos modos –no lo duden- todos (creyentes y no creyentes) tienen una tienen camiseta puesta: ojalá la camiseta de la integridad personal y del amor, la camiseta del esfuerzo y el trabajo, de la honestidad de conciencia.
De todos modos, al final, cuando festejemos (porque vamos a ganar, no quepan dudas), estoy seguro de que más allá de las heridas del juego, los raspones, los lamparones en las fibras más hondas del alma por haber visitado el suelo más de una vez, a todos se nos va a distinguir por el glorioso color de la camiseta.

Rafael Velasco, sj

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