APUNTES PARA RECONCILIARNOS CON LA VERDAD
El ser humano es el
único ser capaz de sentir dolor. Por que el dolor, más allá de la sensación
-que compartimos con los animales- implica autoconciencia de sí, conciencia de
temporalidad, previsión de futuro (¿cuánto más va a durar este dolor? se
pregunta). El dolor además, es intransferible.
Cuando el dolor se
prolonga asume muchos colores, sabores y matices. En muchos casos se mezcla con
la aceptación (que no es lo mismo que la resignación, porque la aceptación no
excluye seguir luchando por lograr justicia) y se hace un poco más tolerable;
se tiene clara conciencia de que uno va a tener que cargar con este dolor mucho
tiempo, tal vez toda la vida, aunque se logre justicia.
En otros casos, la
no aceptación del dolor produce rebelión, enojo, deseos de retribuir el dolor a
aquel que nos lo causó. Muchas veces el dolor viene acompañado por el rencor,
otras por la compasión; y así podríamos seguir.
Cómo afrontar el
dolor es una decisión personalísima. Es una decisión que se gesta en lo íntimo
de la propia conciencia. Por eso mismo, la actitud humana ante el dolor debe
ser el respeto, como cuando se ingresa a un santuario.
La justicia: una luz de esperanza…
Los juicios y
merecidas condenas a los genocidas perpetradores de crímenes de lesa humanidad,
va drenando mucho dolor de mucha gente y de la sociedad toda. El dolor de los
familiares y amigos de desaparecidos y torturados por el estado terrorista
comenzó a ser de, algún modo, reparado. La Justicia , en una serie de fallos históricos, dice
“nunca más” a aquellos que sembraron el dolor y el horror en tantas vidas. Los
juicios y las condenas se van sucediendo. La justicia humana, tarde, pero va
llegando, y de algún modo ayuda a sobrellevar el dolor.
Otro dolor…
Pero hay, también,
otro dolor de aquellos años. Un dolor vergonzante, oculto, que no tiene tanta
prensa: el de los familiares de las víctimas de la violencia política.
Hay muchas maneras
de abordar nuestra triste historia de violencia reciente. Si se elige mirarla
transitando el camino humano de la cercanía con el dolor, a poco de andar uno
se da cuenta de que hay dolores que aún esperan ser atendidos, tocados por el
haz de luz reparador de la justicia.
A poco de andar –si
uno no se deja encandilar- se nota que mientras no haya respeto del dolor de
todos, el santuario del dolor seguirá
siendo profanado.
Hacernos responsables…
Pero, aún a pesar
del dolor, algo hay que hacer –social y políticamente- con nuestra historia
reciente; dado que “la historia no es sólo el recuento de lo que nos hicieron,
sino también lo que nosotros hicimos (o dejamos de hacer)”, como dice
–lúcidamente- Beatriz Sarlo.
Hay una docencia pendiente
Algunos aún hoy,
siguen confundiendo las cosas. Se escucha: “¿y las muertes que causaron los
guerrilleros no son derechos humanos?” Y claro, a simple vista, las cosas son
confusas; porque –esto hay que decirlo con claridad- es verdad, eran crímenes.
Ahora bien, habría
que comprender mejor de qué hablamos cuando hablamos de derechos humanos. Por
definición, el único que puede violar los derechos humanos es el Estado. Porque
el Estado es quien tiene el monopolio del uso de la fuerza justamente para
proteger el estado de derecho, los derechos de todos. El Estado es el árbitro,
el policía al que uno puede –y debe- recurrir ante la violación de derechos por
parte de otros. Por eso se le otorga el uso de la fuerza.
Ahora bien, cuando
el Estado viola el estado de derecho, cuando el Estado mata fuera de la ley,
viola, secuestra, roba hijos, tortura, priva de abogados y proceso
jurídico...lo que está haciendo es violar los derechos de los ciudadanos, está
avasallando los derechos humanos. Se convierte en terrorista.
Cuando un
particular, o un grupo –como fueron los movimientos guerrilleros- viola la ley
cometiendo crímenes como los que algunos de ellos cometieron, es el Estado el
que debe garantizar –haciendo valer la ley- que esas cosas no ocurran. El
Estado debe juzgarlos y –eventualmente- condenarlos. Vale decir que ante esa
situación, los ciudadanos tenemos al Estado para que nos defienda. Podemos
recurrir al Estado para que juzgue, procese y condene a los culpables; otorgando todas las
garantías constitucionales. Pero cuando es el Estado el que se organiza para
delinquir, los ciudadanos quedamos indefensos. ¿A quién recurrimos? Por eso es
mucho más grave. Cuando es el Estado el terrorista, estamos perdidos.
En aquellos años, el
estado debió procesar, juzgar y en todo caso, condenar a los que violaron leyes
y cometieron actos criminales. Eso no se hizo, a cambio dejó desprotegida a la
ciudadanía, a merced de la discrecionalidad ideológica de quienes ocupaban
ilegalmente los poderes del Estado.
Por otra parte es
de notar –algo que se suele silenciar desde quienes reclaman, falazmente, una
suerte de “memoria completa”- que quienes administraban el Estado en la última
dictadura, eran ilegítimos, eran usurpadores del poder. Por lo tanto sus actos
son doblemente ilegítimos. La excusa de que era una guerra no es admisible. Incluso
en una guerra hay derechos.
“Ni olvido ni
perdón…”
Hay grupos que
sostienen –desde el advenimiento de la democracia- que hay que olvidar y
perdonar todo lo ocurrido para poder seguir adelante como sociedad. Y uno se
pregunta: ¿por qué olvidar? El olvido posibilita que se vuelvan a cometer los
mismos errores del pasado. Hay que recordar para no repetir el horror.
El perdón, por otra
parte, es un acto personal, íntimo y libre. Perdona el que puede y el que
quiere. Pero el perdón –incluso en el sacramento de la reconciliación- implica
arrepentimiento y propósito de reparación. Es decir que el perdón no va reñido
con la justicia.
El perdón personal
no implica tampoco el olvido. Significa un acto libre que libera –al que
perdona- del veneno del odio y del deseo de revancha. Se renuncia a devolver
mal por mal, pero sobre todo se renuncia a alimentar el rencor -en este sentido
es sano el perdón a nivel social-; pero no se renuncia a la memoria ni a la
justicia. Las sociedades deben zanjar el pasado con justicia; que no implica
revancha, sino verdad. El camino institucional de esa justicia es el proceso
judicial conforme a derecho.
Asumir las responsabilidades
Sin embargo a nivel
ético –más allá de lo jurídico, aunque
no lo excluye- corresponde que todos los implicados en esta dolorosa
historia reconozcan su parte de responsabilidad. La sociedad necesita verdad no
hipocresía.
Los miembros de las
fuerzas de seguridad que participaron en la represión ilegal y sus
colaboradores (civiles y/o eclesiásticos en algunos casos) deben sentarse en
los estrados judiciales y responder y hacerse cargo de lo que merecieron por
sus acciones; como deben hacerlo, también, los miembros de grupos paramilitares
que funcionaron bajo el amparo de un gobierno democrático en su momento.
Ahora bien, quienes
levantaron las armas desde movimientos guerrilleros y esgrimieron la violencia
contra otros hermanos argentinos, descreyendo de la democracia aún en
democracia, también deben responder. Deberían ser juzgados. Y aún cuando la
justicia considerara –discutiblemente- prescriptos sus crímenes al menos le
deben a la sociedad una explicación, una autocrítica sincera y algún tipo de
reparación por los asesinatos de inocentes, por sembrar -también- el terror.
Durante mucho
tiempo se ha insistido sobre el papel de la Iglesia en los años de la violencia del
terrorismo de Estado (es más, hay grupos que utilizan esto para intentar
silenciar cualquier palabra de la
Iglesia ). Se le ha reclamado una posición firme que no tuvo. La Iglesia como Institución
–más allá de honrosas excepciones- no estuvo a la altura de lo que se esperaba,
y eso costó mucho sufrimiento a muchos argentinos. El silencio de su jerarquía
–cuando no su connivencia- ha sido lamentable.
Con el tiempo, sin
embargo, la Iglesia
ha ensayado su "mea culpa" público (en el jubileo del año 2000 y
recientemente en un documento de noviembre de 2012). Para muchos ha sido insuficiente,
sin embargo ha sido algo.
No se ha escuchado
así mismo, a los políticos que fueron a "golpear la puerta de los
cuarteles" hacer otro tanto. Tampoco se ha escuchado a los sindicalistas,
jueces que negaron habeas corpus, abogados, dueños de medios de comunicación,
periodistas, empresarios, hacer su autocrítica por su silencio y su complicidad
en aquellos años. Como no ha habido tampoco, la debida autocrítica pública –por
su parte en el horror- de parte de los miembros de las agrupaciones que
propiciaron la violencia guerrillera.
Decir esto último hoy
es políticamente incorrecto, pero es parte de la verdad. Y no habrá Justicia
sin verdad.
Concluyendo…
Nuestro pasado
político debe tener una solución política. Lo cual es muy diferente a hacer
política con nuestro pasado. La política ayuda a que el odio no sea eterno. La
historia debe transformarse en experiencia; es decir debe ayudarnos a ser más
tolerantes con las diferencias, a dejar de ver en el adversario un enemigo real
o potencial. Aprender la paciente tarea de la convivencia política pacífica.
Recordar para hacer
justicia es una parte de todo esto. Pero no está bien hacer política con los
muertos. Y si bien es verdad que hay que aprender del pasado para no repetir el
horror, tampoco se puede vivir mirando el pasado constantemente, porque puede
ser el mejor modo de volver a pelearnos por el pasado…o a repetirlo.
Por otra parte es
necesario poder pensar como sociedad, qué vamos a hacer con nuestra historia
reciente sin sentirnos condicionados por el discurso obligatorio que hay que
recitar sin saltearse ni una frase. Ese discurso tiene dos palabras: verdad y justicia. Son dos palabras necesarias
y ciertas. Pero también habría que agregarle alguna palabra más: responsabilidad. Asumir la
responsabilidad de lo que hicimos, dejamos hacer o dejamos de hacer. Todos.
La única manera de convertir
el pasado en experiencia es asumir las responsabilidades. Todos debemos asumir
nuestra responsabilidad y hacer nuestro propio mea culpa, para empezar a mirar
hacia delante sin hipocresías. Y dejar de hablar de los dos bandos. Fuimos
todos argentinos los que nos matamos. Ahora debemos ser los argentinos los que
desandemos el camino, juntos.
Por eso, la
reconciliación sólo será posible sin olvido, con memoria, con justicia y
asumiendo cada uno sus propias responsabilidades. Por eso creo que no alcanza
con la etapa judicial: es –sí- una etapa necesaria, como sociedad. Pero es
necesaria también una etapa ética de reconocimiento y autocrítica sincera por
parte de todos los implicados para que nos encaminemos hacia la verdad sin
hipocresía; para que sea posible vivir reconciliados con la verdad.
Rafael Velasco, sj
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