lunes, 28 de julio de 2014

Apuntes para reconciliarnos con la verdad

APUNTES PARA RECONCILIARNOS CON LA VERDAD

El ser humano es el único ser capaz de sentir dolor. Por que el dolor, más allá de la sensación -que compartimos con los animales- implica autoconciencia de sí, conciencia de temporalidad, previsión de futuro (¿cuánto más va a durar este dolor? se pregunta). El dolor además, es intransferible.

Cuando el dolor se prolonga asume muchos colores, sabores y matices. En muchos casos se mezcla con la aceptación (que no es lo mismo que la resignación, porque la aceptación no excluye seguir luchando por lograr justicia) y se hace un poco más tolerable; se tiene clara conciencia de que uno va a tener que cargar con este dolor mucho tiempo, tal vez toda la vida, aunque se logre justicia.

En otros casos, la no aceptación del dolor produce rebelión, enojo, deseos de retribuir el dolor a aquel que nos lo causó. Muchas veces el dolor viene acompañado por el rencor, otras por la compasión; y así podríamos seguir.

Cómo afrontar el dolor es una decisión personalísima. Es una decisión que se gesta en lo íntimo de la propia conciencia. Por eso mismo, la actitud humana ante el dolor debe ser el respeto, como cuando se ingresa a un santuario.

La justicia: una luz de esperanza…
Los juicios y merecidas condenas a los genocidas perpetradores de crímenes de lesa humanidad, va drenando mucho dolor de mucha gente y de la sociedad toda. El dolor de los familiares y amigos de desaparecidos y torturados por el estado terrorista comenzó a ser de, algún modo, reparado. La Justicia, en una serie de fallos históricos, dice “nunca más” a aquellos que sembraron el dolor y el horror en tantas vidas. Los juicios y las condenas se van sucediendo. La justicia humana, tarde, pero va llegando, y de algún modo ayuda a sobrellevar el dolor.

Otro dolor…
Pero hay, también, otro dolor de aquellos años. Un dolor vergonzante, oculto, que no tiene tanta prensa: el de los familiares de las víctimas de la violencia política.

La Corte Suprema –hace ya algunos años, en una decisión discutible por que está fundada en una interpretación política- declaró que son solamente crímenes de lesa humanidad (y por lo tanto imprescriptibles) los que fueron perpetrados por el terrorismo de estado. Los delitos de las organizaciones guerrilleras ya han prescripto, aunque fueran crueles, y a sangre fría, ejecutados por grupos que consideraban a esos crímenes como “actos políticos” para alcanzar el poder. Por lo tanto para unos hay juicio y castigo, no así para los otros.

Hay muchas maneras de abordar nuestra triste historia de violencia reciente. Si se elige mirarla transitando el camino humano de la cercanía con el dolor, a poco de andar uno se da cuenta de que hay dolores que aún esperan ser atendidos, tocados por el haz de luz reparador de la justicia.

A poco de andar –si uno no se deja encandilar- se nota que mientras no haya respeto del dolor de todos,  el santuario del dolor seguirá siendo profanado.

Hacernos responsables…
Pero, aún a pesar del dolor, algo hay que hacer –social y políticamente- con nuestra historia reciente; dado que “la historia no es sólo el recuento de lo que nos hicieron, sino también lo que nosotros hicimos (o dejamos de hacer)”, como dice –lúcidamente- Beatriz Sarlo.

Hay una docencia pendiente
Algunos aún hoy, siguen confundiendo las cosas. Se escucha: “¿y las muertes que causaron los guerrilleros no son derechos humanos?” Y claro, a simple vista, las cosas son confusas; porque –esto hay que decirlo con claridad- es verdad, eran crímenes.

Ahora bien, habría que comprender mejor de qué hablamos cuando hablamos de derechos humanos. Por definición, el único que puede violar los derechos humanos es el Estado. Porque el Estado es quien tiene el monopolio del uso de la fuerza justamente para proteger el estado de derecho, los derechos de todos. El Estado es el árbitro, el policía al que uno puede –y debe- recurrir ante la violación de derechos por parte de otros. Por eso se le otorga el uso de la fuerza.

Ahora bien, cuando el Estado viola el estado de derecho, cuando el Estado mata fuera de la ley, viola, secuestra, roba hijos, tortura, priva de abogados y proceso jurídico...lo que está haciendo es violar los derechos de los ciudadanos, está avasallando los derechos humanos. Se convierte en terrorista.

Cuando un particular, o un grupo –como fueron los movimientos guerrilleros- viola la ley cometiendo crímenes como los que algunos de ellos cometieron, es el Estado el que debe garantizar –haciendo valer la ley- que esas cosas no ocurran. El Estado debe juzgarlos y –eventualmente- condenarlos. Vale decir que ante esa situación, los ciudadanos tenemos al Estado para que nos defienda. Podemos recurrir al Estado para que juzgue, procese y condene  a los culpables; otorgando todas las garantías constitucionales. Pero cuando es el Estado el que se organiza para delinquir, los ciudadanos quedamos indefensos. ¿A quién recurrimos? Por eso es mucho más grave. Cuando es el Estado el terrorista, estamos perdidos.

En aquellos años, el estado debió procesar, juzgar y en todo caso, condenar a los que violaron leyes y cometieron actos criminales. Eso no se hizo, a cambio dejó desprotegida a la ciudadanía, a merced de la discrecionalidad ideológica de quienes ocupaban ilegalmente los poderes del Estado.

Por otra parte es de notar –algo que se suele silenciar desde quienes reclaman, falazmente, una suerte de “memoria completa”- que quienes administraban el Estado en la última dictadura, eran ilegítimos, eran usurpadores del poder. Por lo tanto sus actos son doblemente ilegítimos. La excusa de que era una guerra no es admisible. Incluso en una guerra hay derechos.

 “Ni olvido ni perdón…”
Hay grupos que sostienen –desde el advenimiento de la democracia- que hay que olvidar y perdonar todo lo ocurrido para poder seguir adelante como sociedad. Y uno se pregunta: ¿por qué olvidar? El olvido posibilita que se vuelvan a cometer los mismos errores del pasado. Hay que recordar para no repetir el horror.

El perdón, por otra parte, es un acto personal, íntimo y libre. Perdona el que puede y el que quiere. Pero el perdón –incluso en el sacramento de la reconciliación- implica arrepentimiento y propósito de reparación. Es decir que el perdón no va reñido con la justicia.

El perdón personal no implica tampoco el olvido. Significa un acto libre que libera –al que perdona- del veneno del odio y del deseo de revancha. Se renuncia a devolver mal por mal, pero sobre todo se renuncia a alimentar el rencor -en este sentido es sano el perdón a nivel social-; pero no se renuncia a la memoria ni a la justicia. Las sociedades deben zanjar el pasado con justicia; que no implica revancha, sino verdad. El camino institucional de esa justicia es el proceso judicial conforme a derecho.

Asumir las responsabilidades
Sin embargo a nivel ético –más allá de lo jurídico, aunque no lo excluye- corresponde que todos los implicados en esta dolorosa historia reconozcan su parte de responsabilidad. La sociedad necesita verdad no hipocresía.

Los miembros de las fuerzas de seguridad que participaron en la represión ilegal y sus colaboradores (civiles y/o eclesiásticos en algunos casos) deben sentarse en los estrados judiciales y responder y hacerse cargo de lo que merecieron por sus acciones; como deben hacerlo, también, los miembros de grupos paramilitares que funcionaron bajo el amparo de un gobierno democrático en su momento.

Ahora bien, quienes levantaron las armas desde movimientos guerrilleros y esgrimieron la violencia contra otros hermanos argentinos, descreyendo de la democracia aún en democracia, también deben responder. Deberían ser juzgados. Y aún cuando la justicia considerara –discutiblemente- prescriptos sus crímenes al menos le deben a la sociedad una explicación, una autocrítica sincera y algún tipo de reparación por los asesinatos de inocentes, por sembrar -también- el terror.

Durante mucho tiempo se ha insistido sobre el papel de la Iglesia en los años de la violencia del terrorismo de Estado (es más, hay grupos que utilizan esto para intentar silenciar cualquier palabra de la Iglesia). Se le ha reclamado una posición firme que no tuvo. La Iglesia como Institución –más allá de honrosas excepciones- no estuvo a la altura de lo que se esperaba, y eso costó mucho sufrimiento a muchos argentinos. El silencio de su jerarquía –cuando no su connivencia- ha sido lamentable.

Con el tiempo, sin embargo, la Iglesia ha ensayado su "mea culpa" público (en el jubileo del año 2000 y recientemente en un documento de noviembre de 2012). Para muchos ha sido insuficiente, sin embargo ha sido algo.

No se ha escuchado así mismo, a los políticos que fueron a "golpear la puerta de los cuarteles" hacer otro tanto. Tampoco se ha escuchado a los sindicalistas, jueces que negaron habeas corpus, abogados, dueños de medios de comunicación, periodistas, empresarios, hacer su autocrítica por su silencio y su complicidad en aquellos años. Como no ha habido tampoco, la debida autocrítica pública –por su parte en el horror- de parte de los miembros de las agrupaciones que propiciaron la violencia guerrillera.

Decir esto último hoy es políticamente incorrecto, pero es parte de la verdad. Y no habrá Justicia sin verdad.

Concluyendo…
Nuestro pasado político debe tener una solución política. Lo cual es muy diferente a hacer política con nuestro pasado. La política ayuda a que el odio no sea eterno. La historia debe transformarse en experiencia; es decir debe ayudarnos a ser más tolerantes con las diferencias, a dejar de ver en el adversario un enemigo real o potencial. Aprender la paciente tarea de la convivencia política pacífica.

Recordar para hacer justicia es una parte de todo esto. Pero no está bien hacer política con los muertos. Y si bien es verdad que hay que aprender del pasado para no repetir el horror, tampoco se puede vivir mirando el pasado constantemente, porque puede ser el mejor modo de volver a pelearnos por el pasado…o a repetirlo.

Por otra parte es necesario poder pensar como sociedad, qué vamos a hacer con nuestra historia reciente sin sentirnos condicionados por el discurso obligatorio que hay que recitar sin saltearse ni una frase. Ese discurso tiene dos palabras: verdad y justicia. Son dos palabras necesarias y ciertas. Pero también habría que agregarle alguna palabra más: responsabilidad. Asumir la responsabilidad de lo que hicimos, dejamos hacer o dejamos de hacer. Todos.

La única manera de convertir el pasado en experiencia es asumir las responsabilidades. Todos debemos asumir nuestra responsabilidad y hacer nuestro propio mea culpa, para empezar a mirar hacia delante sin hipocresías. Y dejar de hablar de los dos bandos. Fuimos todos argentinos los que nos matamos. Ahora debemos ser los argentinos los que desandemos el camino, juntos.

Por eso, la reconciliación sólo será posible sin olvido, con memoria, con justicia y asumiendo cada uno sus propias responsabilidades. Por eso creo que no alcanza con la etapa judicial: es –sí- una etapa necesaria, como sociedad. Pero es necesaria también una etapa ética de reconocimiento y autocrítica sincera por parte de todos los implicados para que nos encaminemos hacia la verdad sin hipocresía; para que sea posible vivir reconciliados con la verdad.



Rafael Velasco, sj

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