jueves, 31 de julio de 2014

hacer el amor...

HACER EL AMOR

“Llamamos amor a demasiadas cosas”, dice en un bellísimo poema, Santiago Sylvester. Es verdad, una de las palabras más banalizadas es la palabra amor. Y el verbo que la involucra: hacer el amor.

Todos vivimos intentando amar y ser amados. De eso se trata la vida: ser conocidos como de verdad somos por alguien y ser aceptados y valorados así como somos. Cuando eso acontece, acontece el milagro. Cuando somos capaces de eso mismo: conocer, aceptar y valorar al otro como es, con sus grandezas y miserias, ahí se vislumbra el amor.

Platón entre nosotros
Durante siglos la doctrina de la Iglesia Católica respecto del cuerpo y la sexualidad estuvo fuertemente contaminada (uso a propósito el término) de Platonismo.

En su intento por ser aceptada como una filosofía de verdad, el pensamiento cristiano adoptó las categorías platónicas, seducido por la luminosidad del pensamiento griego. La división platónica entre mundo de las ideas y mundo de lo pasajero (la doxa) devino en la división antropológica: alma – cuerpo; en la que el alma reúne lo bueno (por lo tanto es la que debe ser “salvada”) y el cuerpo es la fuente de limitación y maldad. Por eso se hablaba de inmortalidad del alma, de salvar el alma, y poco –a pesar de que está en el Credo- de la resurrección de la Carne. Desde esta visión negativa de la carne y lo corporal, el placer y todo lo corporal debía ser mortificado y tenido bajo control.

La visión neo-platónica puso bajo sospecha el placer y todo lo que tenga que ver con él. Allí entraba claramente el mundo de la sexualidad, o mejor dicho del placer sexual. Siendo el placer peligroso…y sospechoso, debía estar fuertemente normado y reglado.

Qué dice la palabra de Dios

Esta concepción dual del ser humano (alma – cuerpo) no es la concepción bíblica. La Biblia, deudora del pensamiento hebreo integra. Ve al ser humano como una unidad es espíritu encarnado o cuerpo espiritualizado. Es una unidad, no un compuesto de dos principios en lucha. Delante de Dios está el hombre en su totalidad. El salmista –y la carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento- llega a decir: “Tú –Dios- no quieres sacrificios ni holocaustos, por eso me diste un cuerpo”. No dice me diste un alma, dice me diste un cuerpo como la expresión del hombre en su totalidad. 

En el libro del génesis, en el relato de la creación se lee que vio Dios que todo era bueno y cuando crea al varón y la mujer dice que era muy bueno. Por lo tanto todo lo humano –la sexualidad también, por cierto- es muy bueno.

Si uno lee atentamente los evangelios verá muy pronto que Jesús tiene una visión muy positiva de la relación varón – mujer (tiene discípulas y amigas), y a su vez habla poquísimo de sexo y del placer sexual. Rara vez se detiene a condenar los “pecados sexuales”. Habla, sí, mucho y muy duramente sobre los pecados contra el amor, se indigna contra las injusticias fruto de la codicia y la explotación del hombre por el hombre. Es muy duro con la hipocresía religiosa y con la falta de misericordia.

Sin embargo, todo hay que decirlo, –aún hoy en muchos sectores dentro de la Iglesia Católica- se valora más duramente los pecados contra el sexto y el noveno mandamiento (que involucran conductas sexuales desordenadas) llegando incluso a negarse la comunión por esa causa, mientras que los pecados contra la justicia, la caridad y la fraternidad, aparecen como faltas no tan graves. Una distorsión respecto de los intereses de Jesús.

La visión Cristiana
La sexualidad –desde la concepción cristiana y particularmente católica- es la expresión de algo muy profundo. Uno frente al otro, varón y mujer, entregándose sus cuerpos, que es –como ya se ve- la persona misma, en una ofrenda de la propia intimidad, es decir de lo más propio de cada uno. Eso es hacer el amor. Porque propiamente, el cuerpo es la frontera del alma, o dicho mejor: la corporeidad es la manifestación del espíritu, de lo que el ser humano es. Por lo tanto el amor se hace con el cuerpo, con acciones corporales, con expresiones del cuerpo que dan y reciben placer intentando hacer feliz al otro y encontrando así felicidad.

Y eso implica entrega mutua, darse y recibirse como cada uno es y viene; implica un compromiso con la intimidad del otro y una responsabilidad con el otro y por el otro, porque genera lazos muy hondos, profundamente personales.

Cuando la relación sexual no se da en ese contexto de entrega, de responsabilidad por el otro y ante el otro, de compromiso; es decir cuando está desprovisto de amor, entonces se abarata y se banaliza lo más sagrado de la persona.

Por eso mismo para un cristiano eso es sagrado, es signo del amor que Dios tiene a los hombres, que es un amor de entrega y de aceptación incondicional del otro como viene. Por eso los Católicos lo hacemos sacramento, es decir signo de la presencia de Dios.

Como se ve el placer sexual es signo claro de algo muy profundo y humano. Tan humano que refleja algo de lo divino en el ser humano. Por eso hacer el amor –cuando realmente esto acontece- es algo sagrado.


Rafael Velasco, sj

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