EN CONSTRUCCIÓN
Identidad juvenil en tiempos difíciles
“Hay hombres que luchan un día y
son buenos. Hay otros que luchan un año,
y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay
quienes luchan durante toda una vida, esos son los imprescindibles”
(Bertolt Brecht)
Darwin puso de manifiesto
con su teoría de la evolución algo que desde siempre ha ocurrido
sociológicamente: en condiciones adversas, sobreviven los más aptos.
Las especies que se
extinguieron, no lograron adaptarse a las nuevas condiciones de su medio. Así
los predadores o las mismas condiciones ambientales hicieron su trabajo y hoy
son un resto fósil en algún museo.
A nivel humano las
cosas, lamentablemente, no funcionan de manera muy diversa. Las relaciones humanas
cada vez más complejas, las exigencias cada vez más estresantes de un sistema
de producción que utiliza al ser humano como una variable más, los estándares
de confort cada vez más altos, los criterios de valoración social cada vez más
excluyentes, se han transformado –para unos- en los nuevos predadores de la
especie humana. Para otros ese predador tiene otros nombres: hambre,
desnutrición, exclusión social, discriminación.
¿Cómo sobrevivir en
ese ámbito? ¿Cómo desarrollar adaptaciones? O mejor aún, ¿cómo construir –junto
con otros- un medio mejor?
Una característica
de la realidad juvenil es que el joven adviene a una realidad (un medio) que él
no construyó. Se incorpora a una sociedad con unos criterios ya preestablecidos
sobre lo que es valioso y lo que no lo es, lo que hay que lograr en la vida y
lo que debe ser evitado, lo que “hay” que estudiar y lo que no vale la pena, y
muchas cosas más. Y por más que los adultos quieran prepararlos para ese mundo,
no es posible. Nada reemplaza a la experiencia.
Entonces el choque
con ese mundo suele ser traumático. En algunos ese choque produce tal impacto
que los deja tirados, heridos y muchas veces mortalmente resentidos contra la
sociedad. Otros comprenden rápidamente el juego y tratan de aprender sus reglas
para jugarlo y ganar. Son los que “sobreviven”, porque se adaptan, se mimetizan
con el sistema y no pocas veces se transforman ellos en predadores. Esto
–lamentablemente- es lo que acostumbran a enseñar muchos adultos que hay que
hacer; no tan crudamente, con eufemismos y argumentos “razonables”, pero
palabras más o menos es lo mismo.
Pero hay otros
jóvenes: los que no están conformes con este orden de cosas. Lo sufren, les
duele la pobreza, se rebelan contra la injusticia, pero no se quedan a llorar
al lado del camino, no se refugian en pequeños grupos de fuga (la droga, el
alcohol, las conductas evasivas), sino que intentan –con otros- cambiar el
orden de cosas, mejorar el mundo que les ha tocado. Estos son los que utilizan
su capacidad de adaptación para cambiar las reglas del juego, entonces ponen su
inteligencia al servicio del estudio y de la creatividad, se forman, crecen en
interioridad; ponen sus manos al
servicio de mejores causas, ponen el corazón y la voluntad decididos a ser
libres y crear espacios de libertad.
Estos son los
que siguen siendo jóvenes siempre.
La juventud cronológica
es tiempo de construcción de la propia identidad y de un proyecto personal y
comunitario. Las opciones se presentan claras: elegir sentarse a llorar al lado
del camino (muchos lo hacen); elegir adaptarse al sistema hasta llegar a ser
parte de él (muchos logran buenos dividendos por este camino); o se decide
intentar cambiar el orden de las cosas, desde las propias convicciones,
jugándose para hacer el mundo un poco mejor.
Estos últimos son
los imprescindibles. Estos son los realmente jóvenes a cualquier edad.
Rafael Velasco, sj
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