jueves, 31 de julio de 2014

hacer el amor...

HACER EL AMOR

“Llamamos amor a demasiadas cosas”, dice en un bellísimo poema, Santiago Sylvester. Es verdad, una de las palabras más banalizadas es la palabra amor. Y el verbo que la involucra: hacer el amor.

Todos vivimos intentando amar y ser amados. De eso se trata la vida: ser conocidos como de verdad somos por alguien y ser aceptados y valorados así como somos. Cuando eso acontece, acontece el milagro. Cuando somos capaces de eso mismo: conocer, aceptar y valorar al otro como es, con sus grandezas y miserias, ahí se vislumbra el amor.

Platón entre nosotros
Durante siglos la doctrina de la Iglesia Católica respecto del cuerpo y la sexualidad estuvo fuertemente contaminada (uso a propósito el término) de Platonismo.

En su intento por ser aceptada como una filosofía de verdad, el pensamiento cristiano adoptó las categorías platónicas, seducido por la luminosidad del pensamiento griego. La división platónica entre mundo de las ideas y mundo de lo pasajero (la doxa) devino en la división antropológica: alma – cuerpo; en la que el alma reúne lo bueno (por lo tanto es la que debe ser “salvada”) y el cuerpo es la fuente de limitación y maldad. Por eso se hablaba de inmortalidad del alma, de salvar el alma, y poco –a pesar de que está en el Credo- de la resurrección de la Carne. Desde esta visión negativa de la carne y lo corporal, el placer y todo lo corporal debía ser mortificado y tenido bajo control.

La visión neo-platónica puso bajo sospecha el placer y todo lo que tenga que ver con él. Allí entraba claramente el mundo de la sexualidad, o mejor dicho del placer sexual. Siendo el placer peligroso…y sospechoso, debía estar fuertemente normado y reglado.

Qué dice la palabra de Dios

Esta concepción dual del ser humano (alma – cuerpo) no es la concepción bíblica. La Biblia, deudora del pensamiento hebreo integra. Ve al ser humano como una unidad es espíritu encarnado o cuerpo espiritualizado. Es una unidad, no un compuesto de dos principios en lucha. Delante de Dios está el hombre en su totalidad. El salmista –y la carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento- llega a decir: “Tú –Dios- no quieres sacrificios ni holocaustos, por eso me diste un cuerpo”. No dice me diste un alma, dice me diste un cuerpo como la expresión del hombre en su totalidad. 

En el libro del génesis, en el relato de la creación se lee que vio Dios que todo era bueno y cuando crea al varón y la mujer dice que era muy bueno. Por lo tanto todo lo humano –la sexualidad también, por cierto- es muy bueno.

Si uno lee atentamente los evangelios verá muy pronto que Jesús tiene una visión muy positiva de la relación varón – mujer (tiene discípulas y amigas), y a su vez habla poquísimo de sexo y del placer sexual. Rara vez se detiene a condenar los “pecados sexuales”. Habla, sí, mucho y muy duramente sobre los pecados contra el amor, se indigna contra las injusticias fruto de la codicia y la explotación del hombre por el hombre. Es muy duro con la hipocresía religiosa y con la falta de misericordia.

Sin embargo, todo hay que decirlo, –aún hoy en muchos sectores dentro de la Iglesia Católica- se valora más duramente los pecados contra el sexto y el noveno mandamiento (que involucran conductas sexuales desordenadas) llegando incluso a negarse la comunión por esa causa, mientras que los pecados contra la justicia, la caridad y la fraternidad, aparecen como faltas no tan graves. Una distorsión respecto de los intereses de Jesús.

La visión Cristiana
La sexualidad –desde la concepción cristiana y particularmente católica- es la expresión de algo muy profundo. Uno frente al otro, varón y mujer, entregándose sus cuerpos, que es –como ya se ve- la persona misma, en una ofrenda de la propia intimidad, es decir de lo más propio de cada uno. Eso es hacer el amor. Porque propiamente, el cuerpo es la frontera del alma, o dicho mejor: la corporeidad es la manifestación del espíritu, de lo que el ser humano es. Por lo tanto el amor se hace con el cuerpo, con acciones corporales, con expresiones del cuerpo que dan y reciben placer intentando hacer feliz al otro y encontrando así felicidad.

Y eso implica entrega mutua, darse y recibirse como cada uno es y viene; implica un compromiso con la intimidad del otro y una responsabilidad con el otro y por el otro, porque genera lazos muy hondos, profundamente personales.

Cuando la relación sexual no se da en ese contexto de entrega, de responsabilidad por el otro y ante el otro, de compromiso; es decir cuando está desprovisto de amor, entonces se abarata y se banaliza lo más sagrado de la persona.

Por eso mismo para un cristiano eso es sagrado, es signo del amor que Dios tiene a los hombres, que es un amor de entrega y de aceptación incondicional del otro como viene. Por eso los Católicos lo hacemos sacramento, es decir signo de la presencia de Dios.

Como se ve el placer sexual es signo claro de algo muy profundo y humano. Tan humano que refleja algo de lo divino en el ser humano. Por eso hacer el amor –cuando realmente esto acontece- es algo sagrado.


Rafael Velasco, sj

En construcción...

EN CONSTRUCCIÓN
Identidad juvenil en tiempos difíciles

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan  un año, y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan durante toda una vida, esos son los imprescindibles”
(Bertolt Brecht)

Darwin puso de manifiesto con su teoría de la evolución algo que desde siempre ha ocurrido sociológicamente: en condiciones adversas, sobreviven los más aptos.

Las especies que se extinguieron, no lograron adaptarse a las nuevas condiciones de su medio. Así los predadores o las mismas condiciones ambientales hicieron su trabajo y hoy son un resto fósil en algún museo.

A nivel humano las cosas, lamentablemente, no funcionan de manera muy diversa. Las relaciones humanas cada vez más complejas, las exigencias cada vez más estresantes de un sistema de producción que utiliza al ser humano como una variable más, los estándares de confort cada vez más altos, los criterios de valoración social cada vez más excluyentes, se han transformado –para unos- en los nuevos predadores de la especie humana. Para otros ese predador tiene otros nombres:  hambre,  desnutrición, exclusión social, discriminación.

¿Cómo sobrevivir en ese ámbito? ¿Cómo desarrollar adaptaciones? O mejor aún, ¿cómo construir –junto con otros- un medio mejor?

Una característica de la realidad juvenil es que el joven adviene a una realidad (un medio) que él no construyó. Se incorpora a una sociedad con unos criterios ya preestablecidos sobre lo que es valioso y lo que no lo es, lo que hay que lograr en la vida y lo que debe ser evitado, lo que “hay” que estudiar y lo que no vale la pena, y muchas cosas más. Y por más que los adultos quieran prepararlos para ese mundo, no es posible. Nada reemplaza a la experiencia.

Entonces el choque con ese mundo suele ser traumático. En algunos ese choque produce tal impacto que los deja tirados, heridos y muchas veces mortalmente resentidos contra la sociedad. Otros comprenden rápidamente el juego y tratan de aprender sus reglas para jugarlo y ganar. Son los que “sobreviven”, porque se adaptan, se mimetizan con el sistema y no pocas veces se transforman ellos en predadores. Esto –lamentablemente- es lo que acostumbran a enseñar muchos adultos que hay que hacer; no tan crudamente, con eufemismos y argumentos “razonables”, pero palabras más o menos es lo mismo.

Pero hay otros jóvenes: los que no están conformes con este orden de cosas. Lo sufren, les duele la pobreza, se rebelan contra la injusticia, pero no se quedan a llorar al lado del camino, no se refugian en pequeños grupos de fuga (la droga, el alcohol, las conductas evasivas), sino que intentan –con otros- cambiar el orden de cosas, mejorar el mundo que les ha tocado. Estos son los que utilizan su capacidad de adaptación para cambiar las reglas del juego, entonces ponen su inteligencia al servicio del estudio y de la creatividad, se forman, crecen en interioridad; ponen sus  manos al servicio de mejores causas, ponen el corazón y la voluntad decididos a ser libres y crear espacios de libertad.
Estos son los que  siguen siendo jóvenes siempre.

La juventud cronológica es tiempo de construcción de la propia identidad y de un proyecto personal y comunitario. Las opciones se presentan claras: elegir sentarse a llorar al lado del camino (muchos lo hacen); elegir adaptarse al sistema hasta llegar a ser parte de él (muchos logran buenos dividendos por este camino); o se decide intentar cambiar el orden de las cosas, desde las propias convicciones, jugándose para hacer el mundo un poco mejor.

Estos últimos son los imprescindibles. Estos son los realmente jóvenes a cualquier edad.



Rafael Velasco, sj

lunes, 28 de julio de 2014

conócete a ti mismo

“CONÓCETE A TI MISMO”

Se cuenta que Sócrates (469 – 399 a. C.) encontró su vocación filosófica al leer la sentencia: “conócete a ti mismo” escrita en el templo de Delfos.
Esta frase generó un profundo impacto en él. De allí nació su gran revelación: La verdad está en el interior mismo de la persona. Todo el proceso consiste en descubrirla y hacerla salir, darla a luz como una partera ayuda a alumbrar a la madre parturienta.

Esa intuición que encierra la frase de Sócrates ha sido retomada de muy diversas maneras a lo largo de la historia del pensamiento. Distintos pensadores han vuelto a esa idea de fondo: la verdad no está afuera, sino adentro. Hay que saber buscarla. Tal vez uno de los campos disciplinares que sostiene esto con más claridad sea la psicología.

Esta verdad socrática es tal vez la piedra fundamental de la construcción de un proyecto de vida y es referencia ineludible al hablar de vocación u orientación vocacional. Encontrar la vocación es encontrar un deseo que da sentido a la vida toda; y el deseo está dentro, hay que descubrirlo, escucharlo, alimentarlo y comprometerse asumiendo todas las consecuencias.

Muchas veces se identifica vocación con elección de una carrera. Un gran error, dado que la carrera es algo instrumental en la vida (en todo caso responde a qué herramienta me ayudará a vivir mi vocación); la vocación es algo existencial, algo que toma toda la vida y compromete toda la existencia. La vocación responde al deseo que orienta y mueve toda la vida, tiene que ver con las motivaciones más profundas.  Y eso implica autoconocimiento.

Pero uno de los grandes problemas es que vivimos en una sociedad que nos saca constantemente afuera de nosotros mismos y escasea el autoconocimiento personal. Porque eso implica interioridad, espacios de reflexión, de silencio, de gratuidad  Y eso no abunda: nos atiborramos de obligaciones o distracciones, y entonces vivimos respondiendo a demandas de otros (la familia, la pareja, los amigos, los centros educativos), o a estímulos de otros (los medios, internet, celular, etc, etc.). Y estamos lejos de lo que está más cerca: nosotros mismos, nuestra propia interioridad; con lo que estamos más lejos de la fuente de la propia vocación. Una vocación de vida sólo puede florecer en espacios de autoconciencia e interioridad, para saber qué quiero, hacia dónde debo orientarme. La desorientación es proporcional al alejamiento y desconocimiento de si mismo.

Por lo general también las carreras se eligen por gustos, o por conveniencias. Se utilizan clichés esteriotipados para elegir (lo que va a permitir vivir un estilo de vida que uno se imagina satisfactorio, “lo que me va a dar de comer a mí y a mi familia”, lo que tiene “más salida laboral”…etc) Esto es elegir a muy corto plazo. Y se evade la búsqueda más importante, esa que lleva a sí mismo, a descubrir aquello para lo que uno se siente hecho, aquello sin lo que no podría vivir. Los cristianos hablamos de encontrar lo que Dios quiere para la propia vida. Eso implica búsqueda.

Con todo esto quiero decir que la orientación vocacional no es básicamente una cuestión de elección de carrera, aunque eso pueda ser parte del problema; es más bien una búsqueda interior respecto del sentido de la propia vida. Encontrar el deseo que anima la vida entera, lo que uno se siente llamado a ser, más que a hacer.

Para abordar esa búsqueda, ya Sócrates nos señaló el camino: “Conócete a ti mismo”.


Rafael Velasco, sj

Apuntes para reconciliarnos con la verdad

APUNTES PARA RECONCILIARNOS CON LA VERDAD

El ser humano es el único ser capaz de sentir dolor. Por que el dolor, más allá de la sensación -que compartimos con los animales- implica autoconciencia de sí, conciencia de temporalidad, previsión de futuro (¿cuánto más va a durar este dolor? se pregunta). El dolor además, es intransferible.

Cuando el dolor se prolonga asume muchos colores, sabores y matices. En muchos casos se mezcla con la aceptación (que no es lo mismo que la resignación, porque la aceptación no excluye seguir luchando por lograr justicia) y se hace un poco más tolerable; se tiene clara conciencia de que uno va a tener que cargar con este dolor mucho tiempo, tal vez toda la vida, aunque se logre justicia.

En otros casos, la no aceptación del dolor produce rebelión, enojo, deseos de retribuir el dolor a aquel que nos lo causó. Muchas veces el dolor viene acompañado por el rencor, otras por la compasión; y así podríamos seguir.

Cómo afrontar el dolor es una decisión personalísima. Es una decisión que se gesta en lo íntimo de la propia conciencia. Por eso mismo, la actitud humana ante el dolor debe ser el respeto, como cuando se ingresa a un santuario.

La justicia: una luz de esperanza…
Los juicios y merecidas condenas a los genocidas perpetradores de crímenes de lesa humanidad, va drenando mucho dolor de mucha gente y de la sociedad toda. El dolor de los familiares y amigos de desaparecidos y torturados por el estado terrorista comenzó a ser de, algún modo, reparado. La Justicia, en una serie de fallos históricos, dice “nunca más” a aquellos que sembraron el dolor y el horror en tantas vidas. Los juicios y las condenas se van sucediendo. La justicia humana, tarde, pero va llegando, y de algún modo ayuda a sobrellevar el dolor.

Otro dolor…
Pero hay, también, otro dolor de aquellos años. Un dolor vergonzante, oculto, que no tiene tanta prensa: el de los familiares de las víctimas de la violencia política.

La Corte Suprema –hace ya algunos años, en una decisión discutible por que está fundada en una interpretación política- declaró que son solamente crímenes de lesa humanidad (y por lo tanto imprescriptibles) los que fueron perpetrados por el terrorismo de estado. Los delitos de las organizaciones guerrilleras ya han prescripto, aunque fueran crueles, y a sangre fría, ejecutados por grupos que consideraban a esos crímenes como “actos políticos” para alcanzar el poder. Por lo tanto para unos hay juicio y castigo, no así para los otros.

Hay muchas maneras de abordar nuestra triste historia de violencia reciente. Si se elige mirarla transitando el camino humano de la cercanía con el dolor, a poco de andar uno se da cuenta de que hay dolores que aún esperan ser atendidos, tocados por el haz de luz reparador de la justicia.

A poco de andar –si uno no se deja encandilar- se nota que mientras no haya respeto del dolor de todos,  el santuario del dolor seguirá siendo profanado.

Hacernos responsables…
Pero, aún a pesar del dolor, algo hay que hacer –social y políticamente- con nuestra historia reciente; dado que “la historia no es sólo el recuento de lo que nos hicieron, sino también lo que nosotros hicimos (o dejamos de hacer)”, como dice –lúcidamente- Beatriz Sarlo.

Hay una docencia pendiente
Algunos aún hoy, siguen confundiendo las cosas. Se escucha: “¿y las muertes que causaron los guerrilleros no son derechos humanos?” Y claro, a simple vista, las cosas son confusas; porque –esto hay que decirlo con claridad- es verdad, eran crímenes.

Ahora bien, habría que comprender mejor de qué hablamos cuando hablamos de derechos humanos. Por definición, el único que puede violar los derechos humanos es el Estado. Porque el Estado es quien tiene el monopolio del uso de la fuerza justamente para proteger el estado de derecho, los derechos de todos. El Estado es el árbitro, el policía al que uno puede –y debe- recurrir ante la violación de derechos por parte de otros. Por eso se le otorga el uso de la fuerza.

Ahora bien, cuando el Estado viola el estado de derecho, cuando el Estado mata fuera de la ley, viola, secuestra, roba hijos, tortura, priva de abogados y proceso jurídico...lo que está haciendo es violar los derechos de los ciudadanos, está avasallando los derechos humanos. Se convierte en terrorista.

Cuando un particular, o un grupo –como fueron los movimientos guerrilleros- viola la ley cometiendo crímenes como los que algunos de ellos cometieron, es el Estado el que debe garantizar –haciendo valer la ley- que esas cosas no ocurran. El Estado debe juzgarlos y –eventualmente- condenarlos. Vale decir que ante esa situación, los ciudadanos tenemos al Estado para que nos defienda. Podemos recurrir al Estado para que juzgue, procese y condene  a los culpables; otorgando todas las garantías constitucionales. Pero cuando es el Estado el que se organiza para delinquir, los ciudadanos quedamos indefensos. ¿A quién recurrimos? Por eso es mucho más grave. Cuando es el Estado el terrorista, estamos perdidos.

En aquellos años, el estado debió procesar, juzgar y en todo caso, condenar a los que violaron leyes y cometieron actos criminales. Eso no se hizo, a cambio dejó desprotegida a la ciudadanía, a merced de la discrecionalidad ideológica de quienes ocupaban ilegalmente los poderes del Estado.

Por otra parte es de notar –algo que se suele silenciar desde quienes reclaman, falazmente, una suerte de “memoria completa”- que quienes administraban el Estado en la última dictadura, eran ilegítimos, eran usurpadores del poder. Por lo tanto sus actos son doblemente ilegítimos. La excusa de que era una guerra no es admisible. Incluso en una guerra hay derechos.

 “Ni olvido ni perdón…”
Hay grupos que sostienen –desde el advenimiento de la democracia- que hay que olvidar y perdonar todo lo ocurrido para poder seguir adelante como sociedad. Y uno se pregunta: ¿por qué olvidar? El olvido posibilita que se vuelvan a cometer los mismos errores del pasado. Hay que recordar para no repetir el horror.

El perdón, por otra parte, es un acto personal, íntimo y libre. Perdona el que puede y el que quiere. Pero el perdón –incluso en el sacramento de la reconciliación- implica arrepentimiento y propósito de reparación. Es decir que el perdón no va reñido con la justicia.

El perdón personal no implica tampoco el olvido. Significa un acto libre que libera –al que perdona- del veneno del odio y del deseo de revancha. Se renuncia a devolver mal por mal, pero sobre todo se renuncia a alimentar el rencor -en este sentido es sano el perdón a nivel social-; pero no se renuncia a la memoria ni a la justicia. Las sociedades deben zanjar el pasado con justicia; que no implica revancha, sino verdad. El camino institucional de esa justicia es el proceso judicial conforme a derecho.

Asumir las responsabilidades
Sin embargo a nivel ético –más allá de lo jurídico, aunque no lo excluye- corresponde que todos los implicados en esta dolorosa historia reconozcan su parte de responsabilidad. La sociedad necesita verdad no hipocresía.

Los miembros de las fuerzas de seguridad que participaron en la represión ilegal y sus colaboradores (civiles y/o eclesiásticos en algunos casos) deben sentarse en los estrados judiciales y responder y hacerse cargo de lo que merecieron por sus acciones; como deben hacerlo, también, los miembros de grupos paramilitares que funcionaron bajo el amparo de un gobierno democrático en su momento.

Ahora bien, quienes levantaron las armas desde movimientos guerrilleros y esgrimieron la violencia contra otros hermanos argentinos, descreyendo de la democracia aún en democracia, también deben responder. Deberían ser juzgados. Y aún cuando la justicia considerara –discutiblemente- prescriptos sus crímenes al menos le deben a la sociedad una explicación, una autocrítica sincera y algún tipo de reparación por los asesinatos de inocentes, por sembrar -también- el terror.

Durante mucho tiempo se ha insistido sobre el papel de la Iglesia en los años de la violencia del terrorismo de Estado (es más, hay grupos que utilizan esto para intentar silenciar cualquier palabra de la Iglesia). Se le ha reclamado una posición firme que no tuvo. La Iglesia como Institución –más allá de honrosas excepciones- no estuvo a la altura de lo que se esperaba, y eso costó mucho sufrimiento a muchos argentinos. El silencio de su jerarquía –cuando no su connivencia- ha sido lamentable.

Con el tiempo, sin embargo, la Iglesia ha ensayado su "mea culpa" público (en el jubileo del año 2000 y recientemente en un documento de noviembre de 2012). Para muchos ha sido insuficiente, sin embargo ha sido algo.

No se ha escuchado así mismo, a los políticos que fueron a "golpear la puerta de los cuarteles" hacer otro tanto. Tampoco se ha escuchado a los sindicalistas, jueces que negaron habeas corpus, abogados, dueños de medios de comunicación, periodistas, empresarios, hacer su autocrítica por su silencio y su complicidad en aquellos años. Como no ha habido tampoco, la debida autocrítica pública –por su parte en el horror- de parte de los miembros de las agrupaciones que propiciaron la violencia guerrillera.

Decir esto último hoy es políticamente incorrecto, pero es parte de la verdad. Y no habrá Justicia sin verdad.

Concluyendo…
Nuestro pasado político debe tener una solución política. Lo cual es muy diferente a hacer política con nuestro pasado. La política ayuda a que el odio no sea eterno. La historia debe transformarse en experiencia; es decir debe ayudarnos a ser más tolerantes con las diferencias, a dejar de ver en el adversario un enemigo real o potencial. Aprender la paciente tarea de la convivencia política pacífica.

Recordar para hacer justicia es una parte de todo esto. Pero no está bien hacer política con los muertos. Y si bien es verdad que hay que aprender del pasado para no repetir el horror, tampoco se puede vivir mirando el pasado constantemente, porque puede ser el mejor modo de volver a pelearnos por el pasado…o a repetirlo.

Por otra parte es necesario poder pensar como sociedad, qué vamos a hacer con nuestra historia reciente sin sentirnos condicionados por el discurso obligatorio que hay que recitar sin saltearse ni una frase. Ese discurso tiene dos palabras: verdad y justicia. Son dos palabras necesarias y ciertas. Pero también habría que agregarle alguna palabra más: responsabilidad. Asumir la responsabilidad de lo que hicimos, dejamos hacer o dejamos de hacer. Todos.

La única manera de convertir el pasado en experiencia es asumir las responsabilidades. Todos debemos asumir nuestra responsabilidad y hacer nuestro propio mea culpa, para empezar a mirar hacia delante sin hipocresías. Y dejar de hablar de los dos bandos. Fuimos todos argentinos los que nos matamos. Ahora debemos ser los argentinos los que desandemos el camino, juntos.

Por eso, la reconciliación sólo será posible sin olvido, con memoria, con justicia y asumiendo cada uno sus propias responsabilidades. Por eso creo que no alcanza con la etapa judicial: es –sí- una etapa necesaria, como sociedad. Pero es necesaria también una etapa ética de reconocimiento y autocrítica sincera por parte de todos los implicados para que nos encaminemos hacia la verdad sin hipocresía; para que sea posible vivir reconciliados con la verdad.



Rafael Velasco, sj

sábado, 26 de julio de 2014

Sobre la deuda externa argentina

REFLEXIONES SOBRE LA DEUDA EXTERNA.

Algunos datos de la deuda externa argentina

¿De qué hablamos al hablar de la deuda externa en nuestro país? Hablamos de un proceso nefasto comenzado con la dictadura genocida y continuado vergonzosamente por todos los gobiernos democráticos de 1983 a la actualidad. Gobiernos que han pagado año tras año, una deuda que se ha saldado fácilmente dos veces y que se sigue pagando sin siquiera plantearse la legalidad de los contratos –muchos de ellos vergonzosos- que han claudicado de la soberanía, la justicia y el derecho. Una deuda cuya ilegalidad está probada en sus orígenes  (fallo del juez Ballestero del 13 de julio del 2000) y cuyos contratos posteriores están denunciados ante la justicia federal en una causa que aún se tramita; una deuda que el Congreso de la Nación debería examinar decididamente activando la Comisión creada a tales efectos. Hablamos de una losa pesadísima sobre las jubilaciones, los salarios y el futuro de los argentinos.

Según el presupuesto para el 2013 hubo vencimientos por  186.000 M$ (36.500 MD) y se preveía tomar deuda por 247.700 M$ (48.600 MD); con lo que el stock de la deuda aumentaó en 61.700 M$ (12.100 MD). Esto implica que la deuda crece, no decrece.

Si tomamos estos datos, la deuda pública nacional bruta asciende –en 2013- a 178.963 millones de dólares sin tomar en cuenta la deuda no presentada al canje (que habrá que pagar y entre los que se encuentra el fondo NML que nos tiene contra las cuerdas a instancias de juez Griesa, un gris juez de primera instancia Neoyorkino), ni el pago al Club de Paris (9.000 MD más)[1].

El gobierno no quiere mostrar ante la opinión pública que está batiendo récords de pago de la deuda pública argentina y usa la palabra –eufemística- “desendeudamiento” en lugar de decir “pago”, lo cual tampoco es rigurosamente cierto, dado que no es que se paga y se descuenta de la deuda sino que se hace un cambio de deuda: se le paga a un acreedor endeudándose con otro; se paga con deuda del propio Estado. Y –como se desprende de los mismos números del presupuesto Nacional aprobado por el Congreso- esa deuda crece.

Según también el informe del Ministerio de Economía el 49,9% de la deuda es intra Estado: se le debe al Anses, al Banco Central y al Banco de la Nación. Es decir que con plata de los jubilados se paga a acreedores privados  externos. Queda claro de qué se habla cuando se usa el eufemismo “desendeudamiento”.

Algunas consideraciones

Más allá de las numerosas consideraciones que se pueden seguir haciendo acerca de la flagrante ilegalidad de la deuda, la necesidad de hacer una auditoría imparcial y demás cuestiones políticas, quiero detenerme en el aspecto ético de esta trampa del capitalismo que se llama deuda externa.

Es claro que el juego de los grandes capitales de los países centrales es prestar y mantener endeudados a los países periféricos para que nunca puedan pagar y así deban seguir pidiendo, para seguir pagando, de este modo se recurren a contratos leoninos (gestionados por los mismos bancos que hacen negocio con el endeudamiento perpetuo) y a intereses usurarios…El sistema, como se ve, funciona.

Es claro también que los que pagan son los de siempre: los más pobres. Los que financian la deuda externa argentina son las provincias (dado que dinero del tesoro nacional va a pagar esa deuda), la paga el Banco Central, es decir las reservas para mantener la estabilidad económica de la moneda; y la pagan los jubilados dado que también se paga con dinero del Anses.

La deuda es un tema que clama al cielo, justamente porque es una estructura que se cierne opresivamente sobre las vidas de los más pobres. Esta inequidad y desigualdad hablan por sí mismas: mientras el Estado Nacional paga religiosamente y continúa endeudándose con plata de los jubilados y del pueblo argentino; cada vez más familias se amontonan en comedores populares, crecen las familias sin vivienda, decae la educación y la salud pública, proliferan los subsidios para contener la pobreza, crecen los planes sociales y no crece la distribución genuina de la riqueza porque la concentración de las riquezas es aún muy desigual (el 10% más rico gana 16 veces más que el 10% más pobre…según datos oficiales). Un sistema que clama al cielo.

Y se silencian porque tanto las corporaciones como los medios oficiales han tenido y tienen importantes intereses en juego. Como dice John Perkins “Las cosas no son lo que parecen. La mayoría de nuestros diarios, revistas y editoriales pertenecen a grandes compañías internacionales que los manipulan a su gusto. Nuestros medios forman parte de la corporatocracia. Los presidentes y los directores de casi todas nuestras redes de información saben muy bien cuál es su papel: durante toda su vida se les repite que una de sus funciones más importantes es perpetuar, reforzar y extender el sistema que han heredado. Lo hacen con gran eficacia y pueden mostrarse impiadosos si uno se les opone.”[2]

Y uno no puede dejar de percibir que hay algo profundamente injusto en todo esto. Algo que no anda bien de raíz en este sistema capitalista que, como su nombre lo indica, está fundado en el capital y no en el trabajo. Un sistema en el que el trabajo, es decir las personas, son una  mercancía que se compra y se vende, no puede terminar bien.

Es claro que este sistema se sostiene sólo si algunos (muchos) pierden, para que otros ganen. Eso queda claramente demostrado en la trampa del endeudamiento perpetuo.

Y los que pierden son, ya se sabe, los más débiles. Lo retrata hondamente el obispo Pedro Casaldáliga en su libro “La deuda de la muerte”: “Nacer endeudado, vivir endeudado, morir endeudado… es el destino de todos los pobres del tercer mundo, el sino fatal de nuestra América. Y ser endeudado así equivale a ser prohibido de la vida. Deuda Externa es muerte interna. Acabamos habituándonos a esta guerra total, la más mortífera de cuantas guerras registra la historia humana. La expresión máxima de dominación internacional. El crimen mayor del capitalismo. Guerra, dominación, crimen, por otra parte cínicamente justificado en el derecho internacional: se trata de una “deuda”, y la deuda es un deber y un derecho, las deudas se pagan… Nuestros políticos, los organismos internacionales, la conciencia desmovilizada o subsirviente van haciendo de la deuda externa la constitución real de nuestros pueblos sometidos”.




[1] Datos de la Oficina Nacional de Crédito Público; MECON 30-06-13
[2] John Perkins, Les confessions d´un assasin financier, Québec, Alterre, Outremont, 2005, p. 253.

La vida de los otros

¿POR QUÉ ES ASUNTO NUESTRO LA VIDA DE LOS OTROS?

Me llama poderosamente la atención el entusiasmo que causa la vida de los otros. La fruición con la que consumimos las vidas ajenas. Basta prender la tele y comprobarlo: montones de programas de chimentos que relatan las reales o supuestas aventuras y desventuras de las nuevas “celebridades” o de los “mediáticos” de turno.

Y los noticieros y programas de actualidad van por el mismo camino: la espectacularización de la vida ajena, de los crímenes, de los dramas humanos. De pronto, todos entonces, nos encontramos opinando de un secuestro o de un homicidio, sobre las vidas de los sospechosos o incluso de las víctimas…sin tener ningún derecho a hacerlo. Por el solo hecho de que está en la tele ya nos sentimos autorizados a opinar, a hacer conjeturas, a juzgar... y no pocas veces, a condenar.

La vida de los otros se ha convertido en espectáculo. Ya lo retrató crudamente la película “The Truman Show”. En ella, cuando  el protagonista (que ha sido protagonista involuntario de un reality de su vida) decide cortar con todo, las personas que está siguiendo el show, al comprobar que se acaba se miran y dicen: “bueno, tendremos que buscar otro programa”. La vida ajena como programa, como entretenimiento. Ni más ni menos, en eso estamos.

Sin embargo en un sentido profundo, la vida de los otros es asunto nuestro. Pero no como espectáculo, sino como responsabilidad.

Me explico: ¿ no debería ser asunto nuestro si hay conciudadanos con hambre, si hay otros a los que no les alcanza para llegar a fin de mes, si hay otros que no pueden acceder a igualdad de oportunidades en educación, en salud…frente a la Justicia? Creo que eso sí es asunto nuestro, como ciudadanos, como seres humanos. Es nuestra responsabilidad.

Emanuel Levinás decía, respecto de la saga de los hermanos míticos Caín y Abel (Gn. 4, 1 – 16), que al preguntarle Dios a Caín ¿a dónde está tu hermano? (después de que éste asesinara a su hermano Abel) se está dando a entender que se es realmente humano si podemos dar una respuesta a esa pregunta  por el hermano (de ahí viene la palabra responsabilidad: respondum dare).  La respuesta de Caín, ya se sabe, es “¿acaso yo soy el guardián de mi hermano?” (algo así como ¿y a mí qué me importa mi hermano?). Es la respuesta del que sólo se ocupa de sus asuntos, de sus cosas y no le importa el otro o los otros. “Los pobres no son asunto nuestro”, los cartoneros tampoco, los migrantes tampoco, los que tienen unas escasísimas posibilidades en la escuela tampoco…y así...

Me pregunto si no es esa la respuesta de un gran sector de la ciudadanía cuando se le interroga por el destino de los excluidos, los pobres, los marginados. Paradójicamente ese mismo grupo suele ser el que consume las vidas - espectáculo. Pienso que el combo: irresponsabilidad social y política junto con consumo de vidas espectáculo, deja el camino expedito a los Caínes de turno, que medran con el negocio de las vidas espectáculo, mientras pergeñan la muerte de Abel por la droga, la incuria pública, la marginalidad, etc.


¿Por qué es asunto nuestro la vida de los otros? Porque si no nos hacemos responsables terminaremos siendo meros espectadores de lo que hacen los caínes contemporáneos. 

jueves, 24 de julio de 2014

Más RUFO y menos Magalí

MAS RUFO Y MENOS MAGALÍ
En estos días los medios están “en llamas” con el caso de Magalí, la niña de 12 años que estuvo desaparecida durante 17 horas y fue hallada en una parada de colectivo con una persona adulta (que ahora está presa). Las redes sociales estallaron con comentarios y cuestiones de todo tipo. Hoy todos opinan de Magalí. Sabemos más de ella que de nuestros vecinos más cercanos: sobre su adopción, sobre su extracción social, sobre su escuela, y su afición por las redes sociales…

Y  yo me pregunto: ¿por qué no dejamos en paz a Magalí? Ya apareció. Ahora es cuestión de su familia, que lo que menos necesita –imagino- es que todos opinen o metan su mirada indiscreta sobre los entresijos familiares.  La afición de meternos en la vida de los demás y opinar y creer que sabemos porque los medios nos cuentan algunas cosas, interesadamente, tiene un poder enorme. Y creo que eso oficia muchas veces de distractivo.

Lo que me preocupa más es que mientras somos entretenidos (y nos entretenemos) opinando sobre la vida de una niña de 12 años que de ninguna manera nos incumbe, se nos viene al humo RUFO y su pandilla. Y de quien sí deberíamos saber mucho más es de este RUFO y sus secuaces los Buitres.

¿Quién es RUFO? Ah! Es uno de los azotes que se avecinan para todo el pueblo argentino si no sale bien el asunto este de los fondos Buitres. RUFO son las iniciales de Rights Upon Future Ofers (Derechos respecto de futuras ofertas) que es el nombre de una cláusula de los contratos de re estructuración de la deuda externa  que dice que si arreglamos con algún acreedor en mejores condiciones que las de los bonistas que entraron el canje de deuda, también a ellos debemos hacerle la misma oferta.  Lo cual significaría una ponchada de mangos, de los verdes, que por cierto nos dejaría en la lona.

Y el RUFO este viene apadrinado por un veterano juez de New York de apellido Griesa y viene a la sombra de una pandilla de buitres que quieren cobrar sí o sí su platita y cuyo negocio es que el país se hunda para comprar baratísimos más bonos de la deuda argentina que en algún momento van a tener que pagarse. Los buitres hacen el negocio de comprar a precio vil y luego cobrar vilmente.

Todo este asunto de RUFO y su pandilla debería digo, ser más ventilado en los medios y redes sociales, para saber de qué estamos hablando. Sobre todo porque el RUFO este no apareció de la nada. Viene a colación de los contratos y las innumerables renegociaciones de una deuda externa escandalosa y corrupta, que comenzó con la dictadura cívico- militar y fue reconocida y renegociada por todos los gobiernos democráticos incluido el actual.

Bajo la media verdad de que las deudas hay que honrarlas, el país ha pagado sobradamente dos veces el monto de la deuda. Y va a seguir pagando por mucho tiempo (hay bonos que vencen en veinte años). Porque el negocio de los acreedores es que el país no pague, sino que siga endeudado, porque ellos siguen cobrando con intereses. Pero bueno, ese es su negocio.

El problema es que el endeudamiento (y también el mal llamado “desendeudamiento”) ha sido un negocio para bancos, comisionistas y mucha gente más. Y muchos funcionarios de gobiernos nuestros han permitido que eso sea así.

Lo más escandaloso del asunto es la cuestión de la legitimidad y la legalidad de esa deuda. Muchos de los contratos de renegociación de la deuda externa son ilegales. En un fallo histórico el Juez Ballestero (a instancias de Alejandro Olmos Gaona como querellante) en el año 2000 declaró probada la ilegalidad de los contratos de deuda hasta esa fecha. Y actualmente diversos acuerdos posteriores (incluido el megacanje) son investigados en tribunales federales.

Hay además, una comisión en el Congreso de la nación para investigar la deuda que no ha logrado funcionar seriamente. ¿Por qué? Porque no se quiere investigar; porque se vería rápidamente que muchos de los contratos son usurarios y la usura está condenada por el derecho internacional. Si se investigara, se entendería también por qué estamos en las huesudas manos del compañero Griesa. Porque en todos los contratos hemos renunciado a nuestra soberanía y hemos dado facultad a jueces norteamericanos para que juzguen sobre nuestro futuro. De pronto el futuro económico y social de muchas generaciones se encuentra en las manos de un anciano juez norteamericano. ¿Quiénes nos dejaron en esas manos? Eso debería aparecer en los diarios. Y no es culpa –sólo- de este gobierno actual.

Y si se investigara y se hiciera una auditoría de la deuda, para esclarecer lo que es legal (y pagarlo) y lo que no lo es (y denunciarlo), muchas más cosas saldrían a la luz. Cosas de las que sí debería hablarse más en los medios y redes sociales. A RUFO y su pandilla los invitó gente de acá para amargarnos la vida.

Por eso creo que los medios y las redes sociales deberían dejar en paz a Magalí y su familia; dejar un poco de distraernos con la vida de los otros y ocuparse de la historia y trasfondo (oscuro) de nuestra vergonzosa deuda externa.


Si la deuda externa no hubiera sido intencionalmente invisibilizada durante años, hoy no estaríamos tan preocupados por RUFO y su pandilla.

martes, 22 de julio de 2014

la camiseta de Cristo

LA CAMISETA DE CRISTO
Cada vez que bautizo me acuerdo. Hace muchos años escuché a un cura viejo que en el momento de imponer la vestidura blanca al niño o niña que era bautizado, le decía a la familia que por el bautismo empezábamos a jugar en el equipo de Cristo y que por eso se nos daba la camiseta de Cristo. La camiseta blanca de la pureza y el amor.
Digo que cada vez que bautizo, me acuerdo de la imagen y se lo suelo decir a las familias. Más ahora en tiempos de frenesí mundialista. Keylas, Nailas, Ayelenes, Thiagos, Lautaros (esos son los nombres ahora) y también Juan Bautista, Sofía, María. Los bautizo y les digo que esa camiseta blanca de Cristo es para devolver blanca, pero transpirada. Que lo que importa en este partido de la vida es haber puesto todo, haberlo dejado todo en la cancha para que gane el equipo. En este partido se valora más el meter de corazón que la técnica.
¿Qué a fuerza de meter y meter se nos ensucia la camiseta? No importa es mejor sucia que planchadita y perfumada por falta de uso. Si se mancha ya se podrá ir lavando, remendando, hay remedios para eso (uno de ellos es el Perdón). Pero lo “imperdonable”  es que esa camiseta quede doblada en un placard.
Cuando voy a ungir a los Kevin o a las Milagros pienso –casi como una plegaria-: ojalá tus padres y padrinos te guíen por el camino correcto; que te enseñen a poner todo en la cancha, a no reservarte nada aún en medio de las dificultades, las enormes privaciones, y a veces las desdichas. Que te enseñen a no ser un “pecho frío” de esos que se reservan vaya a saber para cuándo; que te hagan saber que con esa camiseta se juega en equipo y que importan todos, que no hay jugadores prescindibles.
Suelo decirles también a los padres y padrinos, que ya sabemos que el partido no siempre es justo, que nunca faltan los que pegan de atrás, los que no dejan jugar y hasta algún árbitro bombero, pero que hay que meter y seguir; hay que luchar (con entusiasmo e inteligencia) por cambiar las injusticias, pero poniendo, con nobleza, que al final el mejor premio es la camiseta transpirada por haberlo dado todo.
También les suelo decir que todos jugamos el partido y cada uno debe elegir su equipo. Los colores están claros. No hay grises (aunque este color tenga una hinchada enorme).
Comprendo que algunos lectores de estas líneas puedan no compartir mi fe en Cristo. Los caminos de la vida son diversos, también los caminos de la fe. De todos modos –no lo duden- todos (creyentes y no creyentes) tienen una tienen camiseta puesta: ojalá la camiseta de la integridad personal y del amor, la camiseta del esfuerzo y el trabajo, de la honestidad de conciencia.
De todos modos, al final, cuando festejemos (porque vamos a ganar, no quepan dudas), estoy seguro de que más allá de las heridas del juego, los raspones, los lamparones en las fibras más hondas del alma por haber visitado el suelo más de una vez, a todos se nos va a distinguir por el glorioso color de la camiseta.

Rafael Velasco, sj

Razón poética

"En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios al mirar a su rabino en Praga?

(Poema El Golem; Jorge Luis Borges)