jueves, 14 de diciembre de 2017

El cuento de la sábana corta
El cronista explicaba en la televisión la reforma previsional recurriendo a la imagen de “la sábana corta”: Los recursos del estado son limitados; no alcanza para todo, por eso hay que recortar gastos por algún lado. Don Chiche seguía atento el relato. En un momento me mira y me dice: “¿Vió padre? La sábana es corta siempre del mismo lado…del de nosotros los pobres”.
Y tiene razón don Chiche. Con la reforma previsional se estima que el gobierno ahorrará el año próximo unos 100.000 millones de pesos. Es decir que ese dinero “ahorrado” se lo tomará prestado por el 2018 a los jubilados y a los que perciben la asignación universal por hijo (AUH). Según esas mismas estimaciones, el año próximo un jubilado que cobra la mínima –al final de los cuatro pagos trimestrales- dejará de percibir aproximadamente  4200 pesos en total. Y los que reciben AUH recibirán en total 760 pesos menos que este año. No es mucho dicen los que están de un lado de la sábana. Para los que están del lado corto, es plata. Se dice que el otro año se acomodarán las cosas, que hay que esperar y lo van a recuperar…Es irónico que los jubilados que por definición tienen menos tiempo por delante sean los que tengan que esperar. Del mismo modo que los más necesitados de la sociedad deban conformarse con una promesa para el 2019 y con un agujero para el 2018.
¿Por qué no se hace esperar a otros que tienen más recursos como para hacerlo? ¿Por qué no esperan un poco las mineras, u otras empresas a las que en este tiempo se les quitaron gravámenes? ¿Por qué no se les hace pagar a ellos la mayor parte del ajuste? ¿Por qué la sábana siempre es amplia de su lado y corta del de las clases populares?
Se hace difícil comprender que un gobierno que tiene en su programa como objetivo central la “pobreza cero” ajuste por el lado de los pobres y les haga pagar a ellos una buena parte del recorte. Y más difícil aún entender cómo se puede salir de la pobreza percibiendo menos ingresos.

El problema parece ser como lo explicó el cronista: la sábana es corta, que como dice don Chiche, siempre es corta del mismo lado: el de los pobres.

miércoles, 28 de enero de 2015

Ha muerto un hombre...

¿Cómo escribir algo que ya no se haya dicho? Difícil es no volver a trillar los senderos ya sobradamente transitados de las especulaciones, las sospechas, las teorías conspirativas, las culpabilizaciones, las razones políticas. Intentaré otro camino.

La muerte del fiscal Alberto Nisman y sus más que sospechosas circunstancias, ha generado una herida profunda en el corazón de un enorme número de ciudadanos. Y las heridas duelen. Debajo del estupor, la bronca, el enojo, el miedo hay un sentimiento blando: dolor.

Una primera –y entendible- reacción es enojarse con el que nos provocó la herida y su consecuente dolor. Y entonces buscamos culpables (hay que hacerlo para que de verdad haya justicia) y comienza todo un cúmulo de razones, acusaciones y racionalizaciones…pero el dolor sigue allí, en el fondo, esperando ser escuchado. El problema de desatender ese dolor y esa herida que lo causa es que luego las heridas se infectan, y se pudren. Allí se transforman en rencor y resentimiento; sentimientos que dañan, envenenan y lo que es peor, destruyen.

Hay un dolor enorme detrás de todo: de una familia que ha perdido a un ser querido, de una parte de la sociedad que albergaba esperanzas de verdad y justicia sobre un crimen tan horrendo como ha sido la voladura de la AMIA; el dolor de tantos seres humanos ante la tragedia. La muerte de un ser humano –y en este caso de alguien de trascendencia pública- provoca dolor.

Por eso creo que lo primero que hay que hacer es algo que no se ha hecho: reconocer el dolor. Dolerse. Reconocernos como sociedad, hermanados en el dolor. Ha muerto un hombre. Un hermano. “Mi hermano ha desaparecido; ¿qué haré yo ahora?” dice Rubén ante la desaparición de su hermano José en el libro del Génesis. Mi hermano Alberto Nisman ha muerto, ¿qué haré yo ahora?

Si la muerte injusta no nos duele, ¿qué esperar de nosotros como sociedad? Si no nos moviliza eso ¿qué hacer?.

Tal vez una de las cosas que más echamos en falta los ciudadanos de la mayoría de nuestros líderes políticos fue la carencia de empatía y dolor que revelan sus expresiones públicas. Ha muerto un hombre. Un hermano ¿qué será de nosotros? ¿Qué haremos ahora?

Como sociedad hemos expresado –tibiamente- la bronca. Poca movilización ha habido. Pienso que tal vez deberíamos reunirnos primero a llorar. A llorar tanto dolor por un hombre que ha muerto, por lo que significa que ese hombre haya muerto de esa manera y porque significa de algún modo, algo de nuestra propia muerte. Y recién después de sentirnos hermanos en el dolor, de haber llorado lo suficiente, salir a pedir claridad, a movilizarnos y a no descansar hasta que la verdad y la justicia sean una realidad. Desde esa fraternidad porque mi hermano ha desaparecido, comprometernos a participar (es decir ser parte) de la res-pública –de lo que nos concierne a todos-, para que la herida provocada por una oscura arma asesina no triunfe. Para que sobre todo, la inhumanidad no triunfe, para que no nos gane el acostumbrarnos a la muerte, a la oscuridad, a vivir de especulaciones y conjeturas, echándonos el muerto, sin hacernos cargo.


Alberto Nisman ha muerto. Un hombre ha muerto. Un hermano. ¿Qué haremos ahora?

lunes, 12 de enero de 2015

Los auténticos blasfemos

Mucho ya se ha dicho y mucho queda por profundizar respecto de la violencia perpetrada en estos días en París que costó la vida a 17 personas.

Quisiera detenerme a reflexionar sobre el “cargo” de blasfemia por el que los asesinos camuflados de religiosidad, ajusticiaron a los miembros del equipo de la revista Charlie Hebdo.

Un blasfemo es alguien que profana el nombre de Dios; alguien que toma en vano su nombre para burlarse o faltarle el respeto.

Técnicamente las burlas y sátiras de muchas de las tapas y artículos de la revista se podrían encuadrar en esa definición. Aunque más bien podría adjetivársela de otras formas: irrespetuosa, corrosiva o estúpida en su empeño por burlarse de aquellas creencias en las que millones de personas de buena fe ponen su confianza y por la que muchos entregan sus vidas.

Esa actitud marcadamente anticlerical (contra los cleros de todas las religiones) y anti religiosa; es una actitud que puede y debe ser discutida (incluso desde lo ideológico ya que revela un atraso de pensamiento importante). Sus artículos y comics pueden ser contestados y hasta repudiados. Pero nunca se puede aceptar la pretensión de silenciar su voz y mucho menos aceptar bajo ningún punto de vista un ataque violento.

Los asesinos de París pretendían “castigar” por blasfemos a los editores de la revista Charlie Hebdo. Pero aquí los perpetradores de los crímenes se erigieron en castigadores de esas “blasfemias” sin advertir la paradoja de su propia blasfemia: la de utilizar el nombre de Dios (y la cobertura ideológica de su religión) para asesinar en Su Nombre. Si eso no es una auténtica blasfemia, ¿qué es?

Pero tal vez no seamos nosotros –que provenimos de otras tradiciones religiosas como es mi caso- quienes debamos proclamar que eso es una blasfemia. Otros pertenecientes a su propia familia religiosa tienen que hacer oír su voz más claramente.

Es verdad que en estos días se ha empezado a escuchar con más decisión y claridad por parte de creyentes y líderes religiosos musulmanes que ellos no son como esos asesinos. “No somos ellos”, podría ser la consigna de la inmensa mayoría de creyentes musulmanes que se han manifestado públicamente. Pero creo que debería decirse más fuerte, en particular desde su liderazgo político y religioso, la consigna “ellos no son nosotros”. Es decir, ellos no son musulmanes verdaderos. Ellos son blasfemos porque usan el nombre de Dios para matar. Ellos son asesinos.


Burlarse sin piedad de aquello en lo que mucha gente apuesta su propio sentido para vivir es cuanto menos discutible. Asesinar en nombre de Dios es una auténtica blasfemia.

domingo, 21 de diciembre de 2014

El pesebre sigue viviente

EL PESEBRE SIGUE VIVIENTE

Para Navidad acostumbramos hacer pesebres vivientes. Volvemos a recordar –actuando- el nacimiento del Niño Jesús entre nosotros; el misterio de Dios que nos salva sacándonos del egoísmo y enseñándonos el camino del amor a  Él y al prójimo.

Preparamos la escenografía, de acuerdo a lo que nuestra imaginación bíblica nos sugiere. Hacemos o desempolvamos los trajes usados otros años, repartimos los personajes, buscamos al bebé que hará de niñito Jesús... Es una costumbre tierna y de honda significación. Nos ayuda a revivir lo que fue aquello hace ya más de dos mil años.

Lo repetimos año tras año y nos emocionamos. Nos provoca ternura…y seguimos adelante. Hemos recordado algo del pasado como un nuevo aniversario. Y sin embargo el Pesebre es más aún.

Muchas veces pienso que el pesebre viviente tiene la misión importantísima de recordarnos que Dios mismo sigue regalándonos hoy su propio pesebre viviente. O mejor, sigue viviendo su propio pesebre aquí entre nosotros. Si sacamos los velos y turbantes, las alas de los ángeles, las ovejitas y los camellos, quedan las personas tal y como son; como somos; sin la magia de la representación. Y ahí se nos hace más difícil percibir tan claramente la ternura de Dios con nosotros. Y sin embargo está tan viviente como aquella Noche de Paz. En medio de los rostros cotidianos se nos anuncia la Alegría de Dios que sigue naciendo entre nosotros, sigue viniendo a nuestro encuentro, sigue Viviente…y viene a salvarnos, como en aquella primera Navidad.

¿Qué ocurrió en aquella Navidad? Una familia pobre, sin casa ni albergue (como hay tantas en nuestro tiempo) busca dónde cobijar a su niño que viene en camino. Un hombre trabajador busca casa para su familia; hoy son miles los que hacen lo mismo.  En Belén de Judá,  una mujer pobre da a luz a su bebé en pobreza; hoy son miles las madres que están en esa situación, no muy lejos de nosotros.
Y el Niño nace en la pobreza y la humildad de un lugar indigno, que se hace digno por el llanto humano de Dios Niño. Hoy también miles de niños nacen y viven en condiciones durísimas.

Y podríamos seguir. Los primeros compañeros de Jesús fueron los pastores, que eran un grupo social marginado, pobres, de poco fiar. Ellos creen el anuncio de los ángeles y se acercan y se solidarizan con esa familia tan necesitada. Sabemos por experiencia, que quien pasa necesidad suele ser más sensible con los necesitados, se hace solidario desde su propia pobreza. Lo hemos experimentado. También hoy Jesús recibe la cercanía y solidaridad de los que saben en carne propia lo que es padecer y sufrir.


También hoy, decíamos, el pesebre viviente es re vivido con otros rostros, otros vestidos, pero sigue naciendo Jesús, sigue viniendo a nuestro encuentro, sigue buscando alojamiento en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra comunidad y sigue esperando nuestra solidaridad.  También hoy Jesús viene a salvarnos sacándonos de nuestras  preocupaciones y problemas para que lo recibamos y atendamos en los que nos necesitan ya que como Él mismo lo dijo: “cuanto hicieron con uno de los más pequeños de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40).

domingo, 28 de septiembre de 2014

Esas cajitas luminosas

ESAS CAJITAS LUMINOSAS

Cuando los misioneros católicos llegaron por las tierras de Guaraníes, los aborígenes –entre muchas otras cosas- estaban sorprendidos porque los padres hablaban con una “cajita” varias veces al día. La “cajita” en cuestión era el libro de oraciones que los padres acostumbraban llevar. En muchos casos era pequeño para ser más práctico su traslado y tenía la forma –para el que no conocía un libro- de una cajita que se abría. Los misioneros rezaban moviendo los labios y entonces parecía que hablaban frente a esa “cajita”.

Esas cajitas guardaban el secreto de una luz invisible que movía a estos hombres a internarse en tierras inhóspitas y desconocidas, impulsados por el deseo de anunciar a un Dios que Ama a sus hijos y quiere comunicarse con ellos.

Más allá de la lectura crítica que desde diversas corrientes ideológicas se pueda hacer a ese proceso conocido como evangelización, no se puede negar que estos misioneros iban animados por un profundo y fuerte deseo. Esa “cajitas” tenían bastante que ver con el alimento de ese deseo.

Hoy –lejos ya de tiempos misionales- si algún extraño a nuestra civilización nos viera a los hombres y mujeres, podrían apreciar que nuestra pasión por las cajitas sigue intacta. En subtes, colectivos, trenes, bares y plazas, por doquier se encuentra jóvenes y adultos mirando unas cajitas luminosos, hablando con ellas, acariciándolas, tipeando frases, sonriendo antes sus pequeñas pantallas luminosas. Los celulares son las cajitas luminosas ante las que hablamos, sonreímos, discutimos y sin las que tampoco podemos vivir. El celular es hoy nuestro libro de oraciones; y en muchos casos es nuestro objeto de culto.

Las diferencias entre ambas “cajitas” –lo notarán rápidamente los lectores- son muchas y sustanciales. Sin embargo reflexionaré brevemente sobre algunas.

Estas nuevas cajitas luminosas tienen la posibilidad de contactarnos con personas de lejanísimos lugares, amén de entretenernos con cada vez más sofisticados instrumentos de diversión. Estas cajitas nos distraen todo el tiempo, nos permiten estar conectados con todos y con todo, en tiempo real. No tenían tales pretensiones aquellas cajitas de los misioneros: sólo pretendían contactarlos con lo más profundo de ellos mismos; un viaje para nosotros hoy cada vez más dificultoso.

Nuestras nuevas y luminosas cajitas requieren cada vez más nuestra devoción, tanto que si nos las olvidamos sentimos que hemos salido a la calle casi desnudos. No podemos vivir sin ellas. Sin embargo, no sé si vivimos mejor, ¿qué deseos profundos alimentan nuestras cajitas luminosas?. No sé si entre tantas conexiones nos conectan de verdad con lo que realmente importa: con los afectos más profundos, con el fondo de nosotros mismos donde anida lo más genuino: ese silencio primero que nos refiere al Amor que todo lo trasciende e ilumina.

La luz de las cajitas de los misioneros, era invisible; ardía en sus corazones de tal modo que por su fe dejaban tierras, comodidades y se lanzaban a construir la tierra sin mal (eso pretendieron ser –por ejemplo- las misiones del Guayrá). Lo hacían en nombre de un Dios que insinúa su rostro en los pobres, los débiles y en el fondo de los corazones bondadosos.


Como se ve, los seres humanos a siglos de distancia, seguimos aficionados a las cajitas, les hablamos, les seguimos prestando nuestra atención y devoción a estas cajitas luminosas… pero no nos engañemos…la luz no es la misma.

domingo, 14 de septiembre de 2014

aprender a elaborar el fracaso

Las nuevas medidas anunciadas en provincia de Buenos Aires respecto del sistema educativo, en especial para el nivel primario, han provocado una encendida polémica.

Las medidas intentan alentar la perseverancia de los alumnos en el sistema escolar; eso está claro. Intentan entonces aplicar una metodología y una visión pedagógica acorde: mirar la trayectoria, estimular más que castigar, eliminar los aplazos, etc.

Y si bien por una parte hay coincidencia en que es necesario lograr que la escuela no sea expulsiva sino inclusiva, una cuestión básica para educar es que tiene que haber claridad en los objetivos que se le proponen a los alumnos y se les debe señalar en qué grado lo han alcanzado y si no lo han alcanzado. Para eso sirve la nota.

El proceso educativo es largo y arduo. Parte del proceso requiere mucha motivación para desear aprender en un contexto muy complejo; suscitar el deseo cuando todo parece igual y da lo mismo. Por eso mismo es imprescindible ofrecer contenidos actualizados y desafiantes y también ofrecer sentido para estudiar y esforzarse. Por eso mismo no podemos generar la sensación de que en la escuela también todo da lo mismo y que esforzarse es lo mismo que no hacerlo y que los contenidos que se dan no son tan importantes porque pueden reprobarse y seguir.

Una parte importante de este proceso educativo es aprender a elaborar el fracaso para aprender y sobreponerse. Ayudar a que los alumnos elaboren la frustración de haberlo intentado y no haberlo logrado. O la otra frustración que se da cuando uno no se esfuerza en lo más mínimo. Ahí es bueno enseñar que toda acción tiene sus consecuencias y también la inacción. La escuela tiene una misión importantísima en este sentido: ayudar a sobreponerse a los fracasos. Por eso debe estimular, pero sin falsear la realidad.

Si la escuela pretende preparar para la vida, debe enseñar a sobrellevar la frustración Y un aplazo siempre lo es. Porque en la vida los aplazos existen. Y los chicos y jóvenes de los sectores más pobres los ven todos los días; lo viven en carne propia. No hay que mentirles.

Justamente la escuela es un ámbito de contención para aprender esas verdades básicas de la vida.. No es para sobreproteger, es para formar. Y se forma no sólo adquiriendo conocimientos sino también (y sobre todo) enseñando aptitudes y actitudes para la vida. Y una no menor es elaborar los fracasos y frustraciones para poder salir adelante, para aprender de ellos y poder avanzar.

Pero aborrecemos las palabra fracaso, aplazo y disciplina. Y tenemos los frutos que tenemos: violencia, anomia, falta de estímulo. No hay nada que aprender porque todo vale más o menos lo mismo, porque al final se zafa (ese verbo sí que lo conjugamos a la perfección). Y así vamos, zafando.




viernes, 1 de agosto de 2014

El Dios de la alegría...

EL DIOS DE LA ALEGRÍA

Decía Nietzsche: “¿Cómo voy a creer en la resurrección de Cristo si los cristianos andan con esa cara?”

La frase es contundente y en cierto punto da para coincidir..

Si nos ponemos a pensar, los cristianos, solemos asociar la fe al dolor, a lo serio, al cumplimiento de preceptos, la renuncia, la mortificación, pero rarísimamente la asociamos a la Alegría. Hablar de Dios es “cosa seria”, pero no alegre. Es más, pareciera que la religión viene a aguar la fiesta de la vida, con todos sus preceptos y mandamientos.

La fuente de nuestra Alegría reside en la resurrección de Cristo. Cristo ha vencido a la muerte y ha abierto un camino de Vida Nueva. Pablo dice “si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe y somos los hombres más dignos de lástima”.

La Resurrección de Jesús no es el “happy end” de una película tristísima de sufrimiento, injusticia y dolor, sino que es la confirmación, por parte de Dios Padre, de que el Amor vence a la muerte y que una vida entregada, como la de Jesús, por la vida y la alegría de los demás es fuente de Vida y Alegría. Es decir que vivir como Jesús es fuente de Alegría genuina.

Jesús en su vida mortal se enfrentó decididamente con los que encaraban la religión como un cumplimiento de determinadas leyes, que terminaba ahogando la libertad y por lo tanto la capacidad de amar. De hecho son ellos –los saduceos (los sacerdotes) y los escribas (los teólogos)- quienes lo llevan a la muerte. Jesús viene a decir que esa religión –también hoy- no es la que le agrada a Dios, que la verdadera religión es la que impulsa a hombres y mujeres a salir al encuentro de sus hermanos y hermanas para ayudarlos a ser felices, a tener Vida en abundancia. La religión de la Compasión. Eso implica poner en su lugar las leyes y preceptos religiosos, como algo relativo que están en función del hombre y no al revés.

La espiritualidad del cumplimiento de determinadas leyes religiosas termina siendo una espiritualidad centrada en el propio yo. Si cumplo me siento tranquilo, y por lo tanto lo más importante es cumplir, no amar.

En la espiritualidad cristiana, la resurrección es la confirmación por parte de Dios de que una vida entregada por amor a los demás es el Camino de la Vida verdadera. Y es la invitación a transitar ese camino, sabiendo, con lucidez, que el amor, tarde o temprano debe pasar por la oscuridad, el rechazo, el dolor (la Cruz de Cristo), pero que perseverando en la Fe y la Esperanza en ese mismo camino, nos alumbra la Luz de una Vida Nueva, diferente; eso es vivir como resucitados.

Esto es tan claro como la frontera entre el Amor y el egoísmo (que a veces se presenta con caras muy refinadas, que incluso se confunden con formas de amor).

La vida de Jesús de Nazareth fue un pasar dando alegría a los que la necesitaban y a los que la quisieran recibir. Su muerte fue el testimonio de que esa alegría se ofrece, no se impone, y de que el camino para acceder a ella debe pasar ciertamente por la fidelidad en lo cotidiano. Su Resurrección es la señal que nos da Dios Padre de que ese es el Camino de la felicidad.

Muchas veces pienso que muchos de los que se dicen ateos, no reniegan en realidad de Dios, sino de ese dios triste y opresivo que lamentablemente muchas veces anunciamos, en particular los cristianos, con nuestra predicación, y con nuestro modo de vida. Nos perciben a los hombres religiosos con la cara que Nietzsche veía en los cristianos de su tiempo.


Tal vez el Dios de la Alegría tenga más adeptos anónimos (que se dicen agnósticos o ateos) de los que parece. Adeptos que intentan vivir el amor al prójimo con todas sus consecuencias; adeptos que lo adoran silenciosamente en la intimidad del templo de sus corazones.

Rafael Velasco, sj