miércoles, 28 de enero de 2015

Ha muerto un hombre...

¿Cómo escribir algo que ya no se haya dicho? Difícil es no volver a trillar los senderos ya sobradamente transitados de las especulaciones, las sospechas, las teorías conspirativas, las culpabilizaciones, las razones políticas. Intentaré otro camino.

La muerte del fiscal Alberto Nisman y sus más que sospechosas circunstancias, ha generado una herida profunda en el corazón de un enorme número de ciudadanos. Y las heridas duelen. Debajo del estupor, la bronca, el enojo, el miedo hay un sentimiento blando: dolor.

Una primera –y entendible- reacción es enojarse con el que nos provocó la herida y su consecuente dolor. Y entonces buscamos culpables (hay que hacerlo para que de verdad haya justicia) y comienza todo un cúmulo de razones, acusaciones y racionalizaciones…pero el dolor sigue allí, en el fondo, esperando ser escuchado. El problema de desatender ese dolor y esa herida que lo causa es que luego las heridas se infectan, y se pudren. Allí se transforman en rencor y resentimiento; sentimientos que dañan, envenenan y lo que es peor, destruyen.

Hay un dolor enorme detrás de todo: de una familia que ha perdido a un ser querido, de una parte de la sociedad que albergaba esperanzas de verdad y justicia sobre un crimen tan horrendo como ha sido la voladura de la AMIA; el dolor de tantos seres humanos ante la tragedia. La muerte de un ser humano –y en este caso de alguien de trascendencia pública- provoca dolor.

Por eso creo que lo primero que hay que hacer es algo que no se ha hecho: reconocer el dolor. Dolerse. Reconocernos como sociedad, hermanados en el dolor. Ha muerto un hombre. Un hermano. “Mi hermano ha desaparecido; ¿qué haré yo ahora?” dice Rubén ante la desaparición de su hermano José en el libro del Génesis. Mi hermano Alberto Nisman ha muerto, ¿qué haré yo ahora?

Si la muerte injusta no nos duele, ¿qué esperar de nosotros como sociedad? Si no nos moviliza eso ¿qué hacer?.

Tal vez una de las cosas que más echamos en falta los ciudadanos de la mayoría de nuestros líderes políticos fue la carencia de empatía y dolor que revelan sus expresiones públicas. Ha muerto un hombre. Un hermano ¿qué será de nosotros? ¿Qué haremos ahora?

Como sociedad hemos expresado –tibiamente- la bronca. Poca movilización ha habido. Pienso que tal vez deberíamos reunirnos primero a llorar. A llorar tanto dolor por un hombre que ha muerto, por lo que significa que ese hombre haya muerto de esa manera y porque significa de algún modo, algo de nuestra propia muerte. Y recién después de sentirnos hermanos en el dolor, de haber llorado lo suficiente, salir a pedir claridad, a movilizarnos y a no descansar hasta que la verdad y la justicia sean una realidad. Desde esa fraternidad porque mi hermano ha desaparecido, comprometernos a participar (es decir ser parte) de la res-pública –de lo que nos concierne a todos-, para que la herida provocada por una oscura arma asesina no triunfe. Para que sobre todo, la inhumanidad no triunfe, para que no nos gane el acostumbrarnos a la muerte, a la oscuridad, a vivir de especulaciones y conjeturas, echándonos el muerto, sin hacernos cargo.


Alberto Nisman ha muerto. Un hombre ha muerto. Un hermano. ¿Qué haremos ahora?

lunes, 12 de enero de 2015

Los auténticos blasfemos

Mucho ya se ha dicho y mucho queda por profundizar respecto de la violencia perpetrada en estos días en París que costó la vida a 17 personas.

Quisiera detenerme a reflexionar sobre el “cargo” de blasfemia por el que los asesinos camuflados de religiosidad, ajusticiaron a los miembros del equipo de la revista Charlie Hebdo.

Un blasfemo es alguien que profana el nombre de Dios; alguien que toma en vano su nombre para burlarse o faltarle el respeto.

Técnicamente las burlas y sátiras de muchas de las tapas y artículos de la revista se podrían encuadrar en esa definición. Aunque más bien podría adjetivársela de otras formas: irrespetuosa, corrosiva o estúpida en su empeño por burlarse de aquellas creencias en las que millones de personas de buena fe ponen su confianza y por la que muchos entregan sus vidas.

Esa actitud marcadamente anticlerical (contra los cleros de todas las religiones) y anti religiosa; es una actitud que puede y debe ser discutida (incluso desde lo ideológico ya que revela un atraso de pensamiento importante). Sus artículos y comics pueden ser contestados y hasta repudiados. Pero nunca se puede aceptar la pretensión de silenciar su voz y mucho menos aceptar bajo ningún punto de vista un ataque violento.

Los asesinos de París pretendían “castigar” por blasfemos a los editores de la revista Charlie Hebdo. Pero aquí los perpetradores de los crímenes se erigieron en castigadores de esas “blasfemias” sin advertir la paradoja de su propia blasfemia: la de utilizar el nombre de Dios (y la cobertura ideológica de su religión) para asesinar en Su Nombre. Si eso no es una auténtica blasfemia, ¿qué es?

Pero tal vez no seamos nosotros –que provenimos de otras tradiciones religiosas como es mi caso- quienes debamos proclamar que eso es una blasfemia. Otros pertenecientes a su propia familia religiosa tienen que hacer oír su voz más claramente.

Es verdad que en estos días se ha empezado a escuchar con más decisión y claridad por parte de creyentes y líderes religiosos musulmanes que ellos no son como esos asesinos. “No somos ellos”, podría ser la consigna de la inmensa mayoría de creyentes musulmanes que se han manifestado públicamente. Pero creo que debería decirse más fuerte, en particular desde su liderazgo político y religioso, la consigna “ellos no son nosotros”. Es decir, ellos no son musulmanes verdaderos. Ellos son blasfemos porque usan el nombre de Dios para matar. Ellos son asesinos.


Burlarse sin piedad de aquello en lo que mucha gente apuesta su propio sentido para vivir es cuanto menos discutible. Asesinar en nombre de Dios es una auténtica blasfemia.