¿Cómo
escribir algo que ya no se haya dicho? Difícil es no volver a trillar los
senderos ya sobradamente transitados de las especulaciones, las sospechas, las
teorías conspirativas, las culpabilizaciones, las razones políticas. Intentaré
otro camino.
La
muerte del fiscal Alberto Nisman y sus más que sospechosas circunstancias, ha
generado una herida profunda en el corazón de un enorme número de ciudadanos. Y
las heridas duelen. Debajo del estupor, la bronca, el enojo, el miedo hay un
sentimiento blando: dolor.
Una
primera –y entendible- reacción es enojarse con el que nos provocó la herida y
su consecuente dolor. Y entonces buscamos culpables (hay que hacerlo para que
de verdad haya justicia) y comienza todo un cúmulo de razones, acusaciones y
racionalizaciones…pero el dolor sigue allí, en el fondo, esperando ser
escuchado. El problema de desatender ese dolor y esa herida que lo causa es que
luego las heridas se infectan, y se pudren. Allí se transforman en rencor y
resentimiento; sentimientos que dañan, envenenan y lo que es peor, destruyen.
Hay
un dolor enorme detrás de todo: de una familia que ha perdido a un ser querido,
de una parte de la sociedad que albergaba esperanzas de verdad y justicia sobre
un crimen tan horrendo como ha sido la voladura de la AMIA; el dolor de tantos
seres humanos ante la tragedia. La muerte de un ser humano –y en este caso de
alguien de trascendencia pública- provoca dolor.
Por
eso creo que lo primero que hay que hacer es algo que no se ha hecho: reconocer
el dolor. Dolerse. Reconocernos como sociedad, hermanados en el dolor. Ha
muerto un hombre. Un hermano. “Mi hermano ha desaparecido; ¿qué haré yo ahora?”
dice Rubén ante la desaparición de su hermano José en el libro del Génesis. Mi
hermano Alberto Nisman ha muerto, ¿qué haré yo ahora?
Si
la muerte injusta no nos duele, ¿qué esperar de nosotros como sociedad? Si no
nos moviliza eso ¿qué hacer?.
Tal
vez una de las cosas que más echamos en falta los ciudadanos de la mayoría de nuestros
líderes políticos fue la carencia de empatía y dolor que revelan sus
expresiones públicas. Ha muerto un hombre. Un hermano ¿qué será de nosotros?
¿Qué haremos ahora?
Como
sociedad hemos expresado –tibiamente- la bronca. Poca movilización ha habido.
Pienso que tal vez deberíamos reunirnos primero a llorar. A llorar tanto dolor
por un hombre que ha muerto, por lo que significa que ese hombre haya muerto de
esa manera y porque significa de algún modo, algo de nuestra propia muerte. Y recién
después de sentirnos hermanos en el dolor, de haber llorado lo suficiente,
salir a pedir claridad, a movilizarnos y a no descansar hasta que la verdad y
la justicia sean una realidad. Desde esa fraternidad porque mi hermano ha
desaparecido, comprometernos a participar (es decir ser parte) de la
res-pública –de lo que nos concierne a todos-, para que la herida provocada por
una oscura arma asesina no triunfe. Para que sobre todo, la inhumanidad no
triunfe, para que no nos gane el acostumbrarnos a la muerte, a la oscuridad, a
vivir de especulaciones y conjeturas, echándonos el muerto, sin hacernos cargo.
Alberto
Nisman ha muerto. Un hombre ha muerto. Un hermano. ¿Qué haremos ahora?