EL PESEBRE SIGUE
VIVIENTE
Para
Navidad acostumbramos hacer pesebres vivientes. Volvemos a recordar –actuando-
el nacimiento del Niño Jesús entre nosotros; el misterio de Dios que nos salva
sacándonos del egoísmo y enseñándonos el camino del amor a Él y al prójimo.
Preparamos
la escenografía, de acuerdo a lo que nuestra imaginación bíblica nos sugiere. Hacemos
o desempolvamos los trajes usados otros años, repartimos los personajes, buscamos
al bebé que hará de niñito Jesús... Es una costumbre tierna y de honda
significación. Nos ayuda a revivir lo que fue aquello hace ya más de dos mil
años.
Lo
repetimos año tras año y nos emocionamos. Nos provoca ternura…y seguimos
adelante. Hemos recordado algo del pasado como un nuevo aniversario. Y sin
embargo el Pesebre es más aún.
Muchas
veces pienso que el pesebre viviente tiene la misión importantísima de
recordarnos que Dios mismo sigue regalándonos hoy su propio pesebre viviente. O
mejor, sigue viviendo su propio pesebre aquí entre nosotros. Si sacamos los
velos y turbantes, las alas de los ángeles, las ovejitas y los camellos, quedan
las personas tal y como son; como somos; sin la magia de la representación. Y
ahí se nos hace más difícil percibir tan claramente la ternura de Dios con
nosotros. Y sin embargo está tan viviente como aquella Noche de Paz. En medio
de los rostros cotidianos se nos anuncia la Alegría de Dios que sigue naciendo
entre nosotros, sigue viniendo a nuestro encuentro, sigue Viviente…y viene a
salvarnos, como en aquella primera Navidad.
¿Qué
ocurrió en aquella Navidad? Una familia pobre, sin casa ni albergue (como hay
tantas en nuestro tiempo) busca dónde cobijar a su niño que viene en camino. Un
hombre trabajador busca casa para su familia; hoy son miles los que hacen lo
mismo. En Belén de Judá, una mujer pobre da a luz a su bebé en pobreza;
hoy son miles las madres que están en esa situación, no muy lejos de nosotros.
Y
el Niño nace en la pobreza y la humildad de un lugar indigno, que se hace digno
por el llanto humano de Dios Niño. Hoy también miles de niños nacen y viven en
condiciones durísimas.
Y
podríamos seguir. Los primeros compañeros de Jesús fueron los pastores, que
eran un grupo social marginado, pobres, de poco fiar. Ellos creen el anuncio de
los ángeles y se acercan y se solidarizan con esa familia tan necesitada. Sabemos
por experiencia, que quien pasa necesidad suele ser más sensible con los
necesitados, se hace solidario desde su propia pobreza. Lo hemos experimentado.
También hoy Jesús recibe la cercanía y solidaridad de los que saben en carne
propia lo que es padecer y sufrir.
También
hoy, decíamos, el pesebre viviente es re vivido con otros rostros, otros
vestidos, pero sigue naciendo Jesús, sigue viniendo a nuestro encuentro, sigue
buscando alojamiento en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra
comunidad y sigue esperando nuestra solidaridad. También hoy Jesús viene a salvarnos sacándonos
de nuestras preocupaciones y problemas
para que lo recibamos y atendamos en los que nos necesitan ya que como Él mismo
lo dijo: “cuanto hicieron con uno de los más pequeños de mis hermanos, lo hicieron
conmigo” (Mt. 25, 40).