ESAS CAJITAS
LUMINOSAS
Cuando los misioneros católicos llegaron por
las tierras de Guaraníes, los aborígenes –entre muchas otras cosas- estaban
sorprendidos porque los padres hablaban con una “cajita” varias veces al día.
La “cajita” en cuestión era el libro de oraciones que los padres acostumbraban llevar.
En muchos casos era pequeño para ser más práctico su traslado y tenía la forma –para
el que no conocía un libro- de una cajita que se abría. Los misioneros rezaban
moviendo los labios y entonces parecía que hablaban frente a esa “cajita”.
Esas cajitas guardaban el secreto de una luz
invisible que movía a estos hombres a internarse en tierras inhóspitas y
desconocidas, impulsados por el deseo de anunciar a un Dios que Ama a sus hijos
y quiere comunicarse con ellos.
Más allá de la lectura crítica que desde
diversas corrientes ideológicas se pueda hacer a ese proceso conocido como
evangelización, no se puede negar que estos misioneros iban animados por un
profundo y fuerte deseo. Esa “cajitas” tenían bastante que ver con el alimento
de ese deseo.
Hoy –lejos ya de tiempos misionales- si algún
extraño a nuestra civilización nos viera a los hombres y mujeres, podrían
apreciar que nuestra pasión por las cajitas sigue intacta. En subtes,
colectivos, trenes, bares y plazas, por doquier se encuentra jóvenes y adultos
mirando unas cajitas luminosos, hablando con ellas, acariciándolas, tipeando
frases, sonriendo antes sus pequeñas pantallas luminosas. Los celulares son las
cajitas luminosas ante las que hablamos, sonreímos, discutimos y sin las que
tampoco podemos vivir. El celular es hoy nuestro libro de oraciones; y en
muchos casos es nuestro objeto de culto.
Las diferencias entre ambas “cajitas” –lo notarán
rápidamente los lectores- son muchas y sustanciales. Sin embargo reflexionaré
brevemente sobre algunas.
Estas nuevas cajitas luminosas tienen la posibilidad
de contactarnos con personas de lejanísimos lugares, amén de entretenernos con
cada vez más sofisticados instrumentos de diversión. Estas cajitas nos distraen
todo el tiempo, nos permiten estar conectados con todos y con todo, en tiempo
real. No tenían tales pretensiones aquellas cajitas de los misioneros: sólo
pretendían contactarlos con lo más profundo de ellos mismos; un viaje para
nosotros hoy cada vez más dificultoso.
Nuestras nuevas y luminosas cajitas requieren
cada vez más nuestra devoción, tanto que si nos las olvidamos sentimos que
hemos salido a la calle casi desnudos. No podemos vivir sin ellas. Sin embargo,
no sé si vivimos mejor, ¿qué deseos profundos alimentan nuestras cajitas
luminosas?. No sé si entre tantas conexiones nos conectan de verdad con lo que
realmente importa: con los afectos más profundos, con el fondo de nosotros
mismos donde anida lo más genuino: ese silencio primero que nos refiere al Amor
que todo lo trasciende e ilumina.
La luz de las cajitas de los misioneros, era
invisible; ardía en sus corazones de tal modo que por su fe dejaban tierras,
comodidades y se lanzaban a construir la tierra sin mal (eso pretendieron ser –por
ejemplo- las misiones del Guayrá). Lo hacían en nombre de un Dios que insinúa
su rostro en los pobres, los débiles y en el fondo de los corazones bondadosos.
Como se ve, los seres humanos a siglos de
distancia, seguimos aficionados a las cajitas, les hablamos, les seguimos
prestando nuestra atención y devoción a estas cajitas luminosas… pero no nos
engañemos…la luz no es la misma.