domingo, 28 de septiembre de 2014

Esas cajitas luminosas

ESAS CAJITAS LUMINOSAS

Cuando los misioneros católicos llegaron por las tierras de Guaraníes, los aborígenes –entre muchas otras cosas- estaban sorprendidos porque los padres hablaban con una “cajita” varias veces al día. La “cajita” en cuestión era el libro de oraciones que los padres acostumbraban llevar. En muchos casos era pequeño para ser más práctico su traslado y tenía la forma –para el que no conocía un libro- de una cajita que se abría. Los misioneros rezaban moviendo los labios y entonces parecía que hablaban frente a esa “cajita”.

Esas cajitas guardaban el secreto de una luz invisible que movía a estos hombres a internarse en tierras inhóspitas y desconocidas, impulsados por el deseo de anunciar a un Dios que Ama a sus hijos y quiere comunicarse con ellos.

Más allá de la lectura crítica que desde diversas corrientes ideológicas se pueda hacer a ese proceso conocido como evangelización, no se puede negar que estos misioneros iban animados por un profundo y fuerte deseo. Esa “cajitas” tenían bastante que ver con el alimento de ese deseo.

Hoy –lejos ya de tiempos misionales- si algún extraño a nuestra civilización nos viera a los hombres y mujeres, podrían apreciar que nuestra pasión por las cajitas sigue intacta. En subtes, colectivos, trenes, bares y plazas, por doquier se encuentra jóvenes y adultos mirando unas cajitas luminosos, hablando con ellas, acariciándolas, tipeando frases, sonriendo antes sus pequeñas pantallas luminosas. Los celulares son las cajitas luminosas ante las que hablamos, sonreímos, discutimos y sin las que tampoco podemos vivir. El celular es hoy nuestro libro de oraciones; y en muchos casos es nuestro objeto de culto.

Las diferencias entre ambas “cajitas” –lo notarán rápidamente los lectores- son muchas y sustanciales. Sin embargo reflexionaré brevemente sobre algunas.

Estas nuevas cajitas luminosas tienen la posibilidad de contactarnos con personas de lejanísimos lugares, amén de entretenernos con cada vez más sofisticados instrumentos de diversión. Estas cajitas nos distraen todo el tiempo, nos permiten estar conectados con todos y con todo, en tiempo real. No tenían tales pretensiones aquellas cajitas de los misioneros: sólo pretendían contactarlos con lo más profundo de ellos mismos; un viaje para nosotros hoy cada vez más dificultoso.

Nuestras nuevas y luminosas cajitas requieren cada vez más nuestra devoción, tanto que si nos las olvidamos sentimos que hemos salido a la calle casi desnudos. No podemos vivir sin ellas. Sin embargo, no sé si vivimos mejor, ¿qué deseos profundos alimentan nuestras cajitas luminosas?. No sé si entre tantas conexiones nos conectan de verdad con lo que realmente importa: con los afectos más profundos, con el fondo de nosotros mismos donde anida lo más genuino: ese silencio primero que nos refiere al Amor que todo lo trasciende e ilumina.

La luz de las cajitas de los misioneros, era invisible; ardía en sus corazones de tal modo que por su fe dejaban tierras, comodidades y se lanzaban a construir la tierra sin mal (eso pretendieron ser –por ejemplo- las misiones del Guayrá). Lo hacían en nombre de un Dios que insinúa su rostro en los pobres, los débiles y en el fondo de los corazones bondadosos.


Como se ve, los seres humanos a siglos de distancia, seguimos aficionados a las cajitas, les hablamos, les seguimos prestando nuestra atención y devoción a estas cajitas luminosas… pero no nos engañemos…la luz no es la misma.

domingo, 14 de septiembre de 2014

aprender a elaborar el fracaso

Las nuevas medidas anunciadas en provincia de Buenos Aires respecto del sistema educativo, en especial para el nivel primario, han provocado una encendida polémica.

Las medidas intentan alentar la perseverancia de los alumnos en el sistema escolar; eso está claro. Intentan entonces aplicar una metodología y una visión pedagógica acorde: mirar la trayectoria, estimular más que castigar, eliminar los aplazos, etc.

Y si bien por una parte hay coincidencia en que es necesario lograr que la escuela no sea expulsiva sino inclusiva, una cuestión básica para educar es que tiene que haber claridad en los objetivos que se le proponen a los alumnos y se les debe señalar en qué grado lo han alcanzado y si no lo han alcanzado. Para eso sirve la nota.

El proceso educativo es largo y arduo. Parte del proceso requiere mucha motivación para desear aprender en un contexto muy complejo; suscitar el deseo cuando todo parece igual y da lo mismo. Por eso mismo es imprescindible ofrecer contenidos actualizados y desafiantes y también ofrecer sentido para estudiar y esforzarse. Por eso mismo no podemos generar la sensación de que en la escuela también todo da lo mismo y que esforzarse es lo mismo que no hacerlo y que los contenidos que se dan no son tan importantes porque pueden reprobarse y seguir.

Una parte importante de este proceso educativo es aprender a elaborar el fracaso para aprender y sobreponerse. Ayudar a que los alumnos elaboren la frustración de haberlo intentado y no haberlo logrado. O la otra frustración que se da cuando uno no se esfuerza en lo más mínimo. Ahí es bueno enseñar que toda acción tiene sus consecuencias y también la inacción. La escuela tiene una misión importantísima en este sentido: ayudar a sobreponerse a los fracasos. Por eso debe estimular, pero sin falsear la realidad.

Si la escuela pretende preparar para la vida, debe enseñar a sobrellevar la frustración Y un aplazo siempre lo es. Porque en la vida los aplazos existen. Y los chicos y jóvenes de los sectores más pobres los ven todos los días; lo viven en carne propia. No hay que mentirles.

Justamente la escuela es un ámbito de contención para aprender esas verdades básicas de la vida.. No es para sobreproteger, es para formar. Y se forma no sólo adquiriendo conocimientos sino también (y sobre todo) enseñando aptitudes y actitudes para la vida. Y una no menor es elaborar los fracasos y frustraciones para poder salir adelante, para aprender de ellos y poder avanzar.

Pero aborrecemos las palabra fracaso, aplazo y disciplina. Y tenemos los frutos que tenemos: violencia, anomia, falta de estímulo. No hay nada que aprender porque todo vale más o menos lo mismo, porque al final se zafa (ese verbo sí que lo conjugamos a la perfección). Y así vamos, zafando.